jueves, 17 de mayo de 2018

CELEBRACIÓN DEL 101 ANIVERSARIO DE LAS APARICIONES DE FÁTIMA

Transcurrido un año desde la conmemoración del centenario de las apariciones de Nuestra Señora de Fátima, la madrileña Catedral de la Almudena acogió a una multitud de fieles que no dudaron en unirse a la celebración del 101 aniversario, acompañando a los Heraldos del Evangelio que, una vez más, supieron imprimir de solemnidad y emoción tan significativa fecha.

A los acordes del Ballet Royal, compuesto por Jean Baptiste Lully, todos los que conformamos la familia espiritual de los Heraldos desfilamos en el cortejo de entrada, acompañando a Nuestra Señora, que lucía radiante en medio de un precioso arreglo floral de rosas multicolor que la hacían aparecer en el paraíso celestial.

















La celebración estuvo presidida por el Vicario General de la Archidiócesis de Madrid, Don Avelino Revilla. En su homilía hizo referencia a la Solemnidad celebrada en ese día, la Ascensión del Señor, señalando que "Nuestro Señor Jesucristo subió a los cielos, pero su Ascensión no supuso el final de su misión. Esta misión debe ser continuada por sus discípulos, entre los que nos encontramos cada uno de nosotros. Tenemos la obligación de predicar con nuestro ejemplo, siendo luces de Jesucristo y guiados por el Espíritu Santo. La fe no está para ser guardada sino proclamada con confianza y valentía. El mejor ejemplo de todo ello lo tenemos en Nuestra Señora, quien con su "Fiat" nos marcó el camino a seguir".



Durante la celebración, todos los presentes sentimos que nuestro espíritu se elevaba gracias a las interpretaciones del Coro de los Heraldos del Evangelio, que con sus maravillosas voces nos transportaron al mismo Cielo.
Finalizada la Santa Misa, caminamos en el cortejo de salida contemplando la visión del Palacio Real, saliendo a la explanada de la Catedral para acompañar la procesión de Nuestra Señora con el rezo del Santo Rosario, momento en el cual, todos los presentes aprovechamos para pedir por nuestras intenciones.






Si bien el cielo mostraba un azul radiante, la presencia de ciertas nubes y la fría temperatura en esa tarde de mayo, no hicieron desistir a los numerosos devotos que, organizados en una larguísima fila, discurrieron uno a uno mostrando su cariño a Nuestra Señora. Fue el broche final a este 101 aniversario de las apariciones de Fátima, cuyo mensaje debe quedar impreso en nuestros corazones y guiar nuestro espíritu: "Mi Inmaculado Corazón triunfará".
 FOTOS: Don Eric Fco. Salas

martes, 15 de mayo de 2018

NUESTRA SEÑORA DEL MILAGRO

El pasado viernes 11 de mayo, encaminé mis pasos a uno mis enclaves favoritos en el corazón de Madrid: el Monasterio de las Descalzas Reales. Atravesar su entrada supone siempre un deleite para el espíritu de esta pobre alma mía tan necesitada de sosiego y paz. El motivo que me condujo allí no era otro que el de venerar la imagen de Nuestra Señora del Milagro, concluyendo la Novena que se celebró en su honor y participando en la posterior procesión de la imagen.


Tras el rezo del Santo Rosario, la conclusión de la Novena a Nuestra Señora y la reserva del Santísimo Sacramento, tuvo lugar la Santa Misa celebrada por el Rvdo. D. José Francisco Hernández que, en su homilía, supo hilvanar con su habitual maestría expositiva la historia de la imagen protagonista con la historia del monasterio, el recuerdo de su fundadora Doña Juana de Austria y el anuncio del Reino de María. Así mismo, también se refirió a las lacrimaciones de once imágenes de la Santísima Virgen y San José en diversas sedes de los Heraldos del Evangelio, acontecimiento singular que nos llena de emoción a todos los que conformamos esa familia espiritual. La Santa Misa fue concelebrada, entre otros, por el Rvdo. D. Pedro Paulo Figueiredo y el Padre Alejandro, capellán del monasterio.




 

Finalizada la Santa Misa y tras la imposición de las medallas de Nuestra Señora del Milagro a los nuevos cofrades, dio comienzo la procesión de la imagen a través del claustro, acompañada de la habitual solemnidad que saben imprimir los Heraldos del Evangelio y ambientada musicalmente con las preciosas voces de las Reverendas Madres Clarisas Franciscanas que habitan el monasterio.










Una vez concluida la procesión, la imagen fue expuesta para la veneración de los fieles que demostraron su devoción por ella. No siendo muy conocida por el gran público de hoy, es necesario remontarnos en el tiempo para descubrir su origen y la historia que la acompaña.


La imagen de Nuestra Señora del Milagro aparece representada en un cuadro que fue traído al Monasterio de las Descalzas Reales en el siglo XVI por las primeras religiosas que lo habitaron y que procedían del Monasterio de Santa Clara de Gandía. Como se puede comprobar en la fotografía superior, se trata de una antigua pintura, que fue adquirida en Roma por un ermitaño que había peregrinado allí con motivo del santo Jubileo. Posteriormente, el ermitaño trajo la pintura a Valencia, donde habitó en una ermita en la que situó la imagen en un altar construido al efecto, gracias a las limosnas que le eran entregadas. Una de las casas visitadas por él era la residencia de los Duques de Gandía, contando el ermitaño con el especial aprecio de la señora duquesa, Doña Francisca de Castro.

Tras la muerte del ermitaño y cumpliendo su última voluntad, el cuadro fue entregado a la hija de los duques, Doña Leonor de Borja, quedando la imagen, desde ese momento, adscrita a la noble familia, que la situó en el altar de su capilla privada. El hecho de que todas las peticiones presentadas ante la imagen, tanto comunes como particulares, fuesen concedidas, hizo que su veneración se extendiera por todo el Reino de Valencia. Este hecho motivó su traslado a una capilla pública. Entre sus numerosos devotos, contó con un importante miembro de la familia de los Gandía: San Francisco de Borja.

A la muerte de Doña Leonor, la pintura pasó en herencia a su hermana Sor Juana de la Cruz, religiosa en el convento de Santa Clara de Gandía, quien la trajo a Madrid al convertirse en primera Abadesa del Monasterio de las Descalzas Reales. De esta forma llegó la Virgen del Milagro a nuestra ciudad, siendo colocada inicialmente en la Casita de Nazaret, que constituye una de las estancias más originales del monasterio. Allí estuvo expuesta hasta ser trasladada a la capilla construida para albergarla y, que por esta razón, recibe el nombre de Capilla del Milagro. Esta capilla constituye un ejemplo del mecenazgo real, ya que fue Don Juan José de Austria, hijo natural del rey Felipe IV, quien financió su construcción en 1678, como regalo a su hija Margarita, que profesó en el monasterio en 1666. En la actualidad, el cuadro se venera en la iglesia pública del monasterio, mientras que en la capilla de su nombre puede contemplarse una copia del original.

Juan José de Austria (José de Ribera)

Capilla del Milagro
Foto: Patrimonio Nacional


Llegados a este punto de la historia, muchos se preguntarán la razón por la cual la imagen que nos ocupa es conocida como Virgen del  Milagro. Se debe a un hecho maravilloso que aconteció en vida del ermitaño. Un caballero valenciano, encontrándose próximo a la hora de su muerte, vio la visión de todos sus pecados. La preocupación de sus familiares por su salvación, hizo que pidieran al ermitaño la intercesión de la Santísima Virgen para que su familiar se arrepintiera sinceramente de su vida pasada y confesara sus numerosas faltas. El ermitaño atendió tan importante pedido y oró con devoción ante Nuestra Señora por esa intención, pidiendo también obtener una señal que le garantizase la conversión del moribundo. Fue entonces cuando se produjo el milagro visible en la propia imagen de la Santísima Virgen, cuyos ojos dejaron de mirar al Niño Jesús como siempre lo habían hecho y se elevaron, quedando así para siempre, tal como se puede comprobar al contemplar su imagen.

Tras ese primer milagro, muchos más tuvieron lugar, tanto en la capilla del palacio de los Gandía como en el monasterio madrileño. Toda la Corte madrileña del siglo XVII tenía una especial devoción a la Virgen del Milagro. Así fue el caso de la Infanta Margarita de Austria, que profesó en el monasterio como Sor Margarita de la Cruz y allí vivió hasta el día de su muerte. Sus numerosas dolencias físicas fueron aliviadas en numerosas ocasiones por la venerada imagen, motivo por el cual la infanta, en señal de agradecimiento, actuó como sacristana de la Virgen, cuidando del adorno de su altar y de su culto. Muchos otros miembros de la familia real fueron atendidos por la Virgen en sus numerosas necesidades. Los hijos del rey Felipe IV fueron puestos bajo la protección de Nuestra Señora del Milagro, y cuando alguno de los pequeños sufría algún malestar, era llevado a su capilla. La gran devoción a la Virgen hizo que se creara la Congregación de Nuestra Señora del Milagro, inscribiéndose el rey como primer miembro, y encargando él mismo un estandarte en seda y oro con la imagen de la Virgen y las armas reales de España. El rey conservó su devoción hasta el día de su muerte, reconociendo que se la debía a su tía la infanta Margarita, devoción que supo transmitir a su hijo, el futuro rey Carlos II.

Margarita de Austria, monja (Andrés López Polanco)
Hija del emperador Maximiliano II de Austria.
Está enterrada en el coro del monasterio.

Otro hecho maravilloso sucedió en 1638, durante la guerra entre Francia y España, cuando las tropas francesas invadieron Fuenterrabía. Por orden del rey Felipe IV, se organizó una procesión con la imagen de la Virgen del Milagro y se le hicieron rogativas solemnes. Cuando los españoles lograron derrotar a los franceses y liberar Fuenterrabía, se estaba celebrando una Misa en el altar de la Virgen del Milagro, momento en que todos los presentes se percataron de la desaparición de la imagen en el lugar en el que se encontraba ubicada. Al día siguiente, el cuadro volvió a aparecer en su altar, y fue entonces cuando las religiosas tuvieron noticia de la victoria española, comprendiendo que la venerada imagen había acudido en auxilio del ejército español. Comunicado el hecho a los monarcas, quisieron mostrar su agradecimiento a la Virgen, organizando una procesión a la que asistió la familia real. 

Fue también bajo el reinado de Felipe IV, cuando se solicitó la bondadosa ayuda de Nuestra Señora del Milagro para que protegiera las embarcaciones españolas, que llegaban desde las Indias portando valiosas mercancías, frente a los asaltantes ingleses. Se tomó la decisión de poner la flota española bajo la protección de la Virgen del Milagro, exponiendo su imagen al culto público y haciéndose una novena para pedir especialmente la seguridad de nuestra armada. Uno de los capellanes, que rezaba con gran fervor, escuchó una voz que le dijo con gran claridad: "Ve a la Abadesa y dile que escriba al Rey, deje mi imagen por nueve días en la iglesia y que canten las nueve misas de mis festividades, y así tendrá buen suceso la flota, con mucho daño a los ingleses". La Abadesa cumplió el pedido de la Virgen, continuaron los cultos y al poco tiempo se supo que la flota había llegado a España sin haber sufrido daño, mientras que los navíos ingleses tuvieron que alejarse por una gran tempestad. Como muestra de sincero agradecimiento, la reina Mariana de Austria dispuso que cada año se hiciera una novena y se situara la imagen de la Virgen en el altar mayor para darle culto tal y como se ha continuado haciendo hasta el día de hoy.

Felipe IV (Diego Velázquez)

Mariana de Austria (Diego Velázquez)

A lo largo del tiempo han sido muchos los prodigios obrados por la Virgen del Milagro, desde la protección frente a fenómenos atmosféricos, la curación de enfermedades y de heridos en peleas callejeras y, especialmente, numerosas conversiones. Fue lo que aconteció a un pecador que llevaba décadas sin confesar. Un día se acercó a la iglesia del monasterio, más por curiosidad que por devoción, y contemplando la imagen, vio salir de ella un rayo de luz que llegó hasta su corazón, quedando al instante arrepentido de sus pecados. A partir de ese momento, decidió confesar con gran arrepentimiento e hizo propósito de cambiar de vida, convirtiéndose en ejemplo de virtud.

Tantas gracias y favores concedidos han motivado que, a lo largo del tiempo, la imagen de la Virgen haya recibido numerosos obsequios como muestra de agradecimiento. Por esta razón, Nuestra Señora del Milagro es adornada con preciosas joyas provenientes de miembros de la realeza y la aristocracia. Destaca entre ellas un alfiler de brillantes, regalo de la Infanta Luisa Fernanda, hermana de la reina Isabel II.

En los convulsos años 30, las religiosas del monasterio buscaron consuelo en la Virgen del Milagro y siempre fueron atendidas maternalmente. No obstante, y para evitar posibles daños, la imagen fue retirada del altar en 1931 y entregada a la familia de una devota camarera de la Virgen, que la guardó con sumo cuidado en su hogar, situado frente al monasterio. Allí permaneció durante la guerra civil. Con gran precaución, el cuadro fue desmontado con objeto de proteger todas sus partes, situando la imagen tras unas maderas, las joyas ocultas en la buhardilla de la casa y el marco guardado en el baúl de juguetes de los niños. Con ocasión de un registro realizado por milicianos, la imagen fue descubierta por éstos que quedaron medio convencidos por la explicación que les fue ofrecida, pero prometiendo regresar para llevar a cabo un registro más exhaustivo. Tal registro nunca pudo producirse pues, tras su salida de la casa, un obús cayó cerca de la vivienda, destruyendo la escalera de acceso y dejando la vivienda incomunicada.

La festividad de Nuestra Señora del Milagro se celebra el 11 de julio, precedida de un triduo. El hecho de que la afluencia de público al templo fuese mayor en el mes de mayo, motivó el traslado de la novena a este mes, manteniendo su festividad en la fecha mencionada. No obstante, los fieles devotos pueden acudir a la iglesia del monasterio el día 11 de cada mes, fecha en que se celebran solemnes cultos en su honor.

Esta pobre esclava de María, que ya luce en su cuello la medalla de la Virgen del Milagro, da fe de la especial sensación que se siente contemplando tan dulce imagen, que irradia una cálida luz capaz de reconfortarnos en cualquier vicisitud que atravesemos. Cuentan que en una ocasión, una religiosa le ofreció su corazón para que se lo llenara de gozo...Desde aquel momento la imagen tuvo una especial atención a los corazones, a los que ilumina con su bondad y dulzura. Dirijamos también nosotros nuestra mirada a Nuestra Señora y ofrezcámosle nuestro corazón, pidiendo que obre en cada uno de nosotros el milagro que más precise nuestra alma, especialmente el de nuestra total y completa conversión.

María Luz Gómez


Quiero expresar mi especial agradecimiento a Don Alejandro López por cederme amablemente sus preciosas fotografías para ilustrar mi humilde escrito.




viernes, 30 de marzo de 2018

LETANÍAS DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Foto: María Luz

Señor, ten misericordia de nosotros.
Cristo, ten misericordia de nosotros.
Señor, te misericordia de nosotros.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Dios, Padre Celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios, Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.

Sangre de Cristo, el Unigénito del Padre eterno, sálvanos.
Sangre de Cristo, Verbo de Dios encarnado, sálvanos.
Sangre de Cristo, del Nuevo y Eterno Testamento, sálvanos.
Sangre de Cristo, derramada sobre la tierra en agonía, sálvanos.
Sangre de Cristo, vertida copiosamente en la flagelación, sálvanos.
Sangre de Cristo, brotada de la coronación de espinas, sálvanos.
Sangre de Cristo, derramada en la cruz, sálvanos.
Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación, sálvanos.
Sangre de Cristo, sin la cual no hay perdón, sálvanos.
Sangre de Cristo, bebida y limpieza de las almas en la Eucaristía, sálvanos.
Sangre de Cristo, manantial de misericordia, sálvanos.
Sangre de Cristo, vencedora de los demonios, sálvanos.
Sangre de Cristo, fortaleza de los mártires, sálvanos.
Sangre de Cristo, sostén de los confesores, sálvanos.
Sangre de Cristo, que haces germinar vírgenes, sálvanos.
Sangre de Cristo, consuelo en el peligro, sálvanos.
Sangre de Cristo, alivio de los afligidos, sálvanos.
Sangre de Cristo, solaz en el llanto, sálvanos.
Sangre de Cristo, esperanza de los penitentes, sálvanos.
Sangre de Cristo, consuelo de los moribundos, sálvanos.
Sangre de Cristo, paz y ternura de los corazones, sálvanos.
Sangre de Cristo, prenda de la vida eterna, sálvanos.
Sangre de Cristo, que libras a las almas del Purgatorio, sálvanos.
Sangre de Cristo, acreedora de todo honor y gloria, sálvanos.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros.

V. Oh, Señor, nos has redimido en Tu Sangre.
R. Y nos has hecho reino de nuestro Dios.

Oremos. - Dios omnipotente y eterno, que has hecho de tu Hijo Unigénito el Redentor del mundo, y has querido ser aplacado por su Sangre, concédenos, te suplicamos, que de tal modo adoremos el precio de nuestra salvación, que por su virtud nos salvemos de los peligros de la vida presente y alcancemos el gozo de sus frutos eternamente en el Cielo. Por el mismo Señor Nuestro Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos.
Amén.

miércoles, 7 de marzo de 2018

UNA REIVINDICACIÓN FEMENINA

A pocas horas del día 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, contemplo con pena las reivindicaciones feministas que han convertido dicha fecha en la ocasión para protagonizar una protesta errónea, inmoral, vulgar e incluso obscena. Erigidas en las "defensoras" de los derechos de la mujer, las activistas del feminismo únicamente claman por aberraciones como el derecho al aborto y la igualdad absoluta con el sexo masculino. Lo único que logran las feministas es degradar cada vez más el sexo femenino y conducir a las mujeres al abismo. Desde que la precursora del feminismo contemporáneo, Simone de Beauvoir, proclamara la necesidad de que las mujeres abandonaran sus hogares para no regresar a ellos jamás, han transcurrido unas cuantas décadas. Su logro se refleja en las declaraciones de una diputada del Parlamento español, manifestando "la obligatoriedad del feminismo". No contentas con proclamar sus aberrantes pretensiones tratan de imponer la obligatoriedad del pensamiento único. La situación ha llegado a tal extremo que lo "normal" hoy en día es la feminización del hombre y la masculinización de la mujer, constituyendo una aberración de la que derivan otros muchos problemas.
El engranaje infernal de la Revolución, explicado magistralmente por el Dr. Plinio Correa de Oliveira en su obra "Revolución y Contra-Revolución", nos ha conducido a un mundo moderno en el que el movimiento feminista ha contribuido a producir la reversión de la naturaleza. En aras de la igualdad, la mujer se ve obligada a actuar en todo como si de un hombre se tratara, no sólo adoptando el pantalón como prenda estrella de su vestuario, sino también saliendo del hogar para ejercer funciones propias del hombre. No es preciso que yo enumere las consecuencias de esta revolución feminista, pues están a la vista en nuestro entorno. Tal como expresó Gilbert K. Chesterton: "El feminismo sostiene la idea absurda de que la mujer es libre si sirve a su jefe y esclava si ayuda a su marido". Vivimos en un mundo en el que se "glorifica" a la mujer independiente, moderna, agresiva e incluso libertina. Por el contrario, si la mujer se comporta con decencia, es virtuosa, y escoge permanecer en su hogar, desempeñando sus funciones de esposa y madre, se la denigra y avergüenza.
El hecho es que la sociedad actual sólo concede un derecho a la mujer: el derecho de actuar en todo como un hombre, mientras se le niega su derecho a realizar su propósito como mujer. Ni se protege su pureza, ni su dignidad, ni la auténtica femineidad. En cualquier medio de comunicación o en el ámbito de la publicidad, la mujer aparece representada como mero objeto sexual, proyectando una imagen escandalosa y poco ejemplar. Y lo que es peor, todo ello con la aprobación unánime de las mujeres modernas, que consideran que tienen derecho a vestir y a actuar como mejor les plazca.
Esta situación ha pervertido por completo el papel del hombre, que ha perdido su masculinidad, su instinto protector, su caballerosidad e incluso su instinto de lucha y superación. Mientras algunas mujeres lamentamos esas pérdidas, las defensoras del movimiento feminista las acogen con regocijo. Siento comunicarles a éstas últimas que están sosteniendo un grave error.
Sí, mujeres modernas, os han estafado, os habéis dejado embaucar por una gran mentira, y no contentas con ello, os empeñáis con ahínco en propagar tan grave error. Hombres y mujeres no somos iguales y nunca lo seremos. Por mucho que algunos se empeñen, la igualdad no existe. Todos los seres humanos somos iguales únicamente en cuanto hijos de Dios y herederos del Cielo, en todo lo demás somos desiguales. Hombres y mujeres fuimos creados diferentes para poder complementarnos. Si tratar a todos los humanos de forma igual supone una gran injusticia, mucho más cuando ese trato igualitario se aplica a hombre y mujer, pues cada uno de ellos tiene sus propias peculiaridades y necesidades diversas. Gracias a ello, hombre y mujer pueden ayudarse mutuamente en el camino al Cielo, pueden crear una familia y suplementar las deficiencias del otro. El hombre se caracteriza por su fortaleza física, resistencia, capacidad de liderazgo, mientras que la mujer equilibra esos rasgos a través de su debilidad física, su dulzura y su naturaleza maternal. A su vez, la sensibilidad y emociones femeninas encuentran su refugio en las características masculinas. Cuando un hombre actúa femeninamente, la mujer se ve compelida a actuar como hombre, alterando el comportamiento propio de su naturaleza.
Entre otras graves consecuencias, las feministas han sido las grandes culpables de que los caballeros brillen por su ausencia en nuestra sociedad. Gestos propios del pasado como ceder el paso a una mujer, sujetar una puerta a su paso, cederle un asiento, evitar que coja peso, ofrecerle el brazo para descender una escalinata o cruzar una calle, son muestras de buena educación y respeto hacia las mujeres. Por culpa de la revolución feminista, muchas mujeres sufrimos a diario el hecho de que no se respete nuestra naturaleza femenina. Aunque las defensoras del feminismo lo nieguen, lo cierto es que las mujeres somos físicamente más débiles que los hombres, razón por la cual el hombre fue creado con un especial instinto protector, desarrollando su cortesía hacia la mujer como forma de hacerla sentir segura y protegida. Es un hecho comprobado que cuando una mujer es víctima de abuso o se siente amenazada, sus cualidades femeninas se ven afectadas, reaccionando con dureza, frialdad y bloqueando su ser interno. De ahí que el deber del hombre sea el de protegerla y cuidar de forma especial sus peculiaridad femenina. La protección del hombre fortalece en ella su femineidad.
Uno de los puntos hirientes que las feministas incluyen en sus protestas es el ataque sistemático a la Iglesia Católica, considerándola culpable de restringir los derechos de la mujer. Esta afirmación constituye una gran mentira. Antes de que la Iglesia ejerciera su influencia en la sociedad, se puede afirmar que la mujer era un ser carente del derecho y de la dignidad que Dios le otorgó desde el momento de la Creación. Fue precisamente la influencia cristiana la que devolvió a la mujer su posición como compañera del hombre, a quién éste respeta y cuida precisamente por ser mujer. Es sorprendente que quienes dicen hoy defender a la mujer, quieran hacerlo convirtiéndola en una imitadora del hombre, es decir, queriéndola privar de su femineidad, como si ser mujer no fuese algo valioso y digno de respeto en sí mismo.
Las activistas del feminismo creen erróneamente que adjudicar a la mujer características propiamente femeninas equivale a considerarla un ser inferior, débil y sin personalidad. Esta es la razón por la cual atacan sin piedad la femineidad, la maternidad y las funciones de la mujer en el hogar. Una vez más se sumergen en el error. Esas funciones que las mujeres han desempeñado durante siglos, en absoluto son degradantes. Concebir a un hijo y portarlo en su seno durante nueve meses constituye un privilegio concedido por el Todopoderoso.  Permanecer en el hogar como administradoras del mismo es una función que las mujeres han desarrollado siempre con gran eficacia. Si a eso añadimos su función educando de primera mano a los hombres del mañana, comprobamos que el poder de una mujer es inmenso.
Seguro que todos y cada uno de nosotros conocemos mujeres que han sabido comportarse de forma valiente y con gran fortaleza en las más diversas circunstancias. No se trata de considerar a la mujer como un ser débil y apocado, todo lo contrario. Afirmar y reconocer las características propias de la femineidad no está reñido con rasgos como la fortaleza y la inteligencia. Muchas mujeres, a lo largo de la Historia, han demostrado su gran valía personal e incluso profesional, sin perder un ápice de su femineidad, tanto en su comportamiento como en su apariencia externa. Esto se produce simple y llanamente porque la dulzura, la delicadeza y el buen gusto no son sinónimo de debilidad.
Para comprender mejor esta idea y todo lo relativo a la verdadera femineidad, no tenemos más que tomar como referencia a la más excelsa mujer que ha existido en la historia de la Humanidad: la Santísima Virgen María. A excepción de Su Divino Hijo, ningún otro ser humano experimentó mayor dolor, pruebas y sufrimiento. Su dolor fue indescriptible cuando contempló a Su Hijo torturado y muerto en la cruz. No existen palabras suficientes para describir el inmenso dolor y la angustia que debió experimentar en aquel Viernes Santo. Es más, sus sufrimientos se sucedieron a lo largo de su vida terrenal... Imaginemos la pérdida de sus padres, la huida a Egipto para salvar la vida del Niño Jesús frente al odio de un tirano, la muerte de su querido y buen esposo convirtiéndose en viuda, y otros muchos problemas que no conocemos pero seguro tuvo que enfrentar en su vida diaria. Todas esas circunstancias podrían convertir a cualquier persona en un ser duro, frío o amargado. Sin embargo, Nuestra Señora constituye el modelo perfecto de femineidad, belleza, gracia, bondad y dulzura. Este hecho viene confirmado por todas y cada una de sus apariciones, en las que todos los videntes coinciden en describirla como la dama más hermosa, bondadosa y dulce que hayan visto jamás. Todos estos rasgos van acompañados de su extraordinaria fortaleza, como lo demuestra haber permanecido al pie de la cruz soportando lo que debió ser un tremendo cansancio físico y una terrible agonía mental.
La bondad, la dulzura, la gentileza, la ternura, la compasión no son sinónimos de debilidad sino características propias del universo femenino, que constituyen como tales el punto fuerte de una verdadera mujer. Frente a la fortaleza física del hombre, la mujer siempre ha demostrado una gran fortaleza interna en las situaciones más diversas, pero siempre acompañada de las cualidades propiamente femeninas.
Dios quiso que Nuestra Señora tuviese a su lado un excelente esposo que la protegiera y cuidara, y sin duda San José debió sentirse inmensamente feliz teniendo a su lado a una esposa con las maravillosas cualidades de su naturaleza femenina. De esta forma, ambos debieron ver enriquecida su vida terrenal.
Respetar las características propias de hombre y mujer es positivo para que cada uno de ellos pueda desarrollar sus mejores cualidades. Ser mujeres implica ser diferentes, no inferiores, sino seres únicos e insustituibles como creación especial y querida por el Todopoderoso. Ser mujer es un verdadero regalo de Dios, no un problema a erradicar o a transformar.
La modernidad y el feminismo ya han causado un enorme daño a nuestra sociedad. Es hora de contribuir a detener el avance infernal de la revolución igualitaria, recuperando los tradicionales roles de hombre y mujer. Si las mujeres potenciamos nuestras cualidades femeninas, actuando con dignidad, siendo virtuosas y siguiendo el plan que Dios diseñó para nosotras, comprobaremos la gran influencia que podemos ejercer sobre los hombres, pues ellos se sentirán motivados para ejercer el papel que Dios les otorgó como protectores y líderes. Si las mujeres se rebelan contra su propia naturaleza, usurpando el papel de los hombres, el resultado sólo puede ser el caos total y el desorden absoluto. Nadie ha explicado esta idea mejor que el Venerable Arzobispo Fulton J. Sheen:
"El nivel de una civilización se mide, en gran medida, por el nivel de sus mujeres. Cuando un hombre ama a una mujer, se ve obligado a convertirse en digno de ella. Cuanto mayores sean su virtud, sus cualidades, cuanto más devota sea ella de la verdad, la justicia, la bondad, el hombre tendrá que esforzarse más en ser digno de ella. Realmente, la historia de la civilización podría ser escrita en términos del nivel de sus mujeres".
(Venerable Arzobispo Fulton J. Sheen)
En lugar de imitar a los hombres, seamos nosotras mismas, comportémonos de acuerdo al modo en que Dios nos creó. Aprovechemos esta fecha para celebrar nuestra femineidad, agradeciendo a Dios los dones que nos ha concedido, y pidiendo a Nuestra Señora que nos comunique Sus Virtudes, transformándonos a imagen y semejanza suya.
Foto: María Luz

lunes, 5 de febrero de 2018

ESPOSAS RUSAS: CUANDO EL AMOR LO SUPERA TODO

Mirando a través de mi ventana, veo caer los copos de nieve, al tiempo que escucho la música de Tchaikovski. Mi mente viaja entonces a la lejana Rusia, rememorando una referencia del Arzobispo Fulton J. Sheen al pueblo ruso, por el cual mostraba su profunda admiración, a pesar de haber resultado tan difamado a causa de la revolución comunista. A través de mis lecturas y de lo aprendido sobre su Historia, creo que los rusos hacen gala de una nostalgia propia de su carácter, pero acompañada siempre de su confianza en el mañana. Algo así se hace patente en las historias de amor verdadero que quiero traer hoy a mi blog, en esta invernal tarde de febrero.

"Camino a Siberia" (Sergei Dmitrievich Miloradovich)
 
Comenzaré remontándome a una jornada del siglo XIII, cuando David, hijo del príncipe de Murom, Jorge Rotislavic, se encontraba disfrutando de una tarde de caza. Perseguía a una liebre a la cual no pudo alcanzar pues ésta se refugió en los brazos de una joven campesina, de nombre Eufrosina. Al contemplar la escena, el cazador desistió de su intento, y en un instante quedó marcado de modo decisivo para el resto de su vida. El joven David sufrió durante largo tiempo de una enfermedad en la piel que le provocaba úlceras por todo su cuerpo. Fue entonces cuando, Eufrosina, famosa por sus conocimientos y por su extremada bondad, se encargó de elaborar los ungüentos destinados a su tratamiento y le prodigó constantes cuidados que lograron la curación de David. Éste estaba tan impresionado con la inteligencia de la joven y la bondad de su corazón, que terminó enamorándose de ella y le prometió que la convertiría en su esposa. Una vez restablecido de su mal, David tuvo que ocupar el trono debido a la muerte de su hermano mayor. Su idea de contraer matrimonio con una joven plebeya no fue bien recibida en la corte, y con el paso del tiempo, el joven enamorado rompió su promesa de matrimonio. Fue entonces cuando volvió a enfermar, y la joven Eufrosina volvió a aplicar sus conocimientos logrando de nuevo su curación.
 
El príncipe, profundamente agradecido, se apresuró a rectificar su conducta, cumpliendo su palabra y contrayendo matrimonio con la joven. Una vez en el trono, la nobleza de Murom junto a parte de la familia principesca declararon que aquel matrimonio desigual era una ofensa para el país. David recibió un ultimátum: repudiar a su esposa o abdicar. Pero David, recordando las palabras de Nuestro Señor, respondió: "Lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe". Negándose a repudiarla, prefirió abandonar su reino. Su joven y hermosa esposa lo consolaba diciéndole: "No te aflijas, pues Dios misericordioso no nos mantendrá destronados por mucho tiempo".
 
Tuvo razón Eufrosina, pues mientras tanto, los diversos pretendientes al trono se ensarzaron en una lucha sin fin, creando tal caos que el pueblo clamó por la vuelta del joven matrimonio al trono. A partir de ahí, su reinado fue célebre por su caridad, preocupándose ambos de socorrer a los más necesitados, haciendo gala de una profunda fe en Dios y defendiendo siempre la religión.
 
Un día, navegando por el río Oka, iban acompañados de un cortesano también casado, cuando éste comenzó a insinuarse deshonestamente a Eufrosina, quien supo manejar la situación diciéndole: "Toma agua de este lado del río y pruébala". El hombre obedeció su petición, ante lo cual ella le dijo: "Ahora, ve al otro lado del barco, toma allí un poco de agua y pruébala". Una vez cumplida esta segunda petición, ella le preguntó: "¿Notas alguna diferencia entre esta y aquella agua?", a lo cual el cortesano respondió: "Ninguna". Entonces la princesa le hizo la siguiente observación: "Así también es similar en esencia la mujer, y es en vano que, olvidándote de tu mujer, pienses en otra".
 
Cuando David y Eufrosina llegaron a su ancianidad, ambos emitieron votos monásticos, adoptando los nombres de Pedro y Febronia, de ahí que siempre aparezcan representados como monje y monja. Murieron el mismo día, y sus restos reposan juntos en Murom. Fueron canonizados en 1547. Son venerados como protectores de enamorados y  matrimonios.
 
Icono ruso representando a Pedro y Febronia.
 
Siguiendo nuestra ruta en el tiempo a través de la historia rusa, nos situamos ahora en el siglo XIX. El ejército imperial ruso había vencido a Napoléon en 1812. Los protagonistas de dicha victoria eran en su mayoría jóvenes oficiales aristócratas que habían luchado con gran éxito contra la invasión napoleónica, y  que junto a sus tropas, habían atravesado Europa Central hasta llegar a territorio francés. Esto les permitió contemplar una sociedad diferente a la suya, en la que el vasallaje había sido abolido y el poder monárquico estaba sujeto a límites. Aquellos jóvenes regresaron a su país soñando con realizar cambios, inspirados por las ideas liberales de las que se habían impregnado en Francia. Su sueño para Rusia iba desde la instauración de una monarquía constitucional hasta una república al estilo francés.
 
Fue así como, bajo el reinado del zar Alejandro I (1801-1825), se comenzó a gestar el movimiento revolucionario decembrista (denominado así por estallar en diciembre de 1825). A la muerte del monarca, pensando que su sucesor sería su hermano Constantino, de pensamiento liberal, decidieron realizar una rápida acción para encabezar el proyecto de las reformas soñadas por ellos. Pero Constantino había renunciado a sus derechos sucesorios al contraer matrimonio con una aristócrata polaca. Por este motivo, el sucesor fue Nicolás I, monarca de ideas autocráticas. Cuando los decembristas conocieron esta noticia, decidieron derrocar a Nicolás movilizando las tropas y ordenando a sus hombres que juraran lealtad a Constantino como zar de Rusia. Los líderes de la revuelta no habían informado a sus hombres de la renuncia al trono por parte de Constantino; esta fue la razón por la cual los soldados apoyaron la revuelta pues, de haber conocido la verdad, hubieran aceptado a Nicolás I, como buenos rusos apegados a la autoridad.
 
Tras varios intentos fallidos de dialogar con los sublevados, el zar ordenó un ataque, cuyo resultado fueron numerosas bajas, la huida de unos y la rendición de otros. De esta forma, la revuelta decembrista quedó sofocada en pocos días.
 
La represión ordenada por el zar fue muy severa, con condenas a muerte que, posteriormente, fueron conmutadas por trabajos en las minas de Siberia. Cierto que, transcurridos varios años, se aplicaron reducciones de pena, lo cual les permitió abandonar su prisión y establecerse en lugares de asentamiento decretados por la autoridad. Si bien algunos decembristas eran ricos, no disponían de dinero en su exilio, pues sus bienes habían sido confiscados, estando obligados a vivir de la tierra que se les había asignado. Unos perecieron, otros se salvaron gracias a las ayudas económicas de sus familiares.
 
Asentamiento destinado a decembristas.

Si bien este escrito no tiene la misión de juzgar las motivaciones que llevaron a esos hombres a sublevarse contra la autoridad del zar, sí me gustaría resaltar algunas  de esas historias personales. En ellas, las esposas jugaron un papel decisivo y jamás abandonaron a sus esposos en medio de la desgracia en la que habían caído, porque cuando el amor se ha fortificado en Cristo, puede superar los mayores obstáculos. Las condiciones bajo las que se les autorizó reunirse con sus maridos fueron duras: renuncia de los derechos que tuvieran por título o fortuna, restricciones para comunicarse por correspondencia  y encontrarse con sus esposos únicamente bajo autorización de autoridades específicas. Dejando atrás su privilegiada posición social, siguieron a sus maridos al exilio, mostrándose muy activas a la hora de luchar por la mejora de su situación.
 
Uno de los organizadores del movimiento decembrista fue el príncipe Sergei Trubetzkoy, que hizo carrera militar, participando en todas las batallas contra el ejército francés, y llegando a alcanzar el grado de coronel. Frente a otros decembristas partidarios de una república, el príncipe Sergei era partidario de una monarquía constitucional. Tras ser sofocada la revuelta, Sergei fue condenado a muerte, pero finalmente su pena se conmutó por trabajos en las minas de Siberia.
 
Nuestro protagonista había contraído matrimonio con la Condesa Ekaterina Laval, convertida tras su matrimonio en princesa Ekaterina Trubetskaya.

Ekaterina fue la primera esposa de un decembrista que obtuvo autorización para viajar a Siberia y acompañar a su esposo, que se encontraba cumpliendo su condena en las minas de Nerchinsk.
 
El padre de Ekaterina organizó secretamente un plan para hacerla desistir de su viaje, creando todos los obstáculos posibles para conseguir que ella se quedara junto a sus parientes. Pidió a uno de sus amigos, comandante general de una ciudad de Siberia, que se mostrase con el mayor rigor posible para desanimarla en su propósito. Por esta razón, el general en cuestión la recibió con gran frialdad y la hizo esperar durante numerosas jornadas un supuesto cambio de coches y caballos. Transcurrido el tiempo, discutió la validez de su pasaporte imperial, para finalmente amenazarla con la prisión por una supuesta desobediencia al zar. Finalmente, le habló del destino en el que se encontraba su marido, de las personas con vidas depravadas que vivían allí y de la corrupción moral a la que tendría que enfrentarse una mujer joven, tan delicadamente educada. Ekaterina no se dejó asustar por ninguna de sus amenazas, respondiendo que no le temía a la muerte porque, siendo provocada por amor, le abriría el Cielo. Añadió además que su delicadeza era más necesaria  en un lugar donde se desconocía y, en cuanto a la corrupción moral de la que se le habló, tampoco le importaba, pues Dios daba gran fuerza moral a quienes preferían ser los últimos ante los ojos del mundo.
 
Tras una discusión de varios días,  el general consintió en dejarla seguir su camino pero yendo acompañada de una banda de criminales, y haciendo parte del viaje a pie y encadenada, a lo que Ekaterina repuso: "¿Dónde está esa banda de desgraciados con quien debo reunirme y por qué no me ha dicho usted antes la verdad? Por supuesto que iré con ellos. No me importa cómo llego ni con quién, lo único que quiero es llegar". Al oír esta respuesta, el general no pudo continuar en su intento, y con el corazón partido, le confesó que no podía seguir torturándola de aquella manera y que su coche estaría listo para partir en unos minutos. Tras pedirle perdón, le dio su bendición.
 
Quienes la conocieron en el exilio manifestaron que Ekaterina era la personificación de la amabilidad, ofreciendo siempre su ayuda a otros condenados y contando con el aprecio sincero de los habitantes del lugar. En 1845, el matrimonio Trubetzkoy fue autorizado a residir en el asentamiento de Irkutsk. A pesar de las duras condiciones de vida, ella y su esposo tuvieron ocho hijos. Ekaterina falleció de cáncer en 1854. Sus restos reposan en el Monasterio Znamensky.
 
Junto a esa mujer con gran espíritu de sacrificio, brilla también el ejemplo de María (Rayevskaya) Volkonskaya , que a los dieciocho años de edad, contrajo matrimonio con el príncipe Sergei Volkonsky, oficial del ejército y varios años mayor que ella. María aprendió a amar a su esposo después de su matrimonio. Cuando él ya era General, tomó parte en la conspiración decembrista, siendo condenado por ello a trabajar en las minas de Siberia. Antes de su partida, rogó a su esposa que le olvidara, pero ella se negó y juró que se reuniría con él. Tras superar numerosas dificultades, obtuvo el permiso de partir a Siberia. Esta joven, madre ya de un niño, vendió todas sus joyas para pagar los gastos del difícil viaje, pues su padre se negó a prestarle su ayuda en tan descabellado propósito, haciendo el viaje con sus propios recursos. Nada mejor que sus propias palabras escritas para explicar el sentimiento que albergaba en su noble alma: "No puedo quedarme. Si permanezco aquí, siempre oiré la serena voz condenatoria de mi marido y en el rostro de mis amigos leeré la verdad de mi comportamiento; en sus cuchicheos veré una condena y en sus sonrisas, un reproche. Mi lugar no está en un baile, sino en una tierra lejana y salvaje donde un preso afligido y angustiado es víctima de pensamientos sombríos y sufre solo, sin ayuda. Como esposa, debo compartir su oprobio y su destierro. La voluntad del cielo nos ha unido y permaneceremos juntos. Prefiero dejar aquí a mi hijo con mi familia, que ser infiel a mi marido, pues ¿cómo habría de juzgarme un día mi hijo cuando sepa que su madre abandonó a su padre en la hora de la prueba? Si me quedo, podría tener la tentación de olvidar a mi marido. ¡Prohíbamelo Dios!".
 
María Volkosnkaya
Sergei Volkonsky
De esta forma, dejo atrás a su hijo, y partió bajo condición de que los hijos que tuviera en el exilio serían apartados de su condición noble y únicamente podrían trabajar en régimen de servidumbre, aunque posteriormente dicha amenaza no llegaría a cumplirse.
 
En su camino hacia Siberia, María se detuvo en Moscú donde su hermana ofreció un baile en su honor. Gran cantidad de invitados llenaron el palacio para ver a esta joven que abandonaba su privilegiada vida para partir al exilio. Entre ellos se encontraba el célebre poeta y novelista ruso Alexander Pushkin, quien había conocido a María siendo niño. Al verla, aparcó la conocida severidad de la que siempre hacía gala en público, y hablando a María con gran ternura y admiración, predijo que algún día los poetas rendirían homenaje a su actitud heroica.
 
Tras semanas de duro viaje, por fin llegó María a las minas donde trabajaba su marido. Gracias a la bondad de ciertas personas, se le permitió descender a la mina para sorprender allí a su esposo...Cuando, en medio de la oscuridad, lo vio venir hacia ella, se arrojó a sus pies y le besó las cadenas.
 
Los Volskonsky tuvieron tres hijos nacidos en el exilio. Tanto María como nuestra anterior protagonista, Ekaterina, volcaron su inteligencia y esmerada educación en conseguir una vida más agradable a todos los decembristas que acompañaban a sus esposos en el duro exilio siberiano. Transcurridos treinta años, el zar Alejandro II permitió a los Volkonsky y a otros decembristas su retorno de Siberia. Sergei y María pasaron el resto de sus vidas en la localidad de Voronki. Ambos mostraron siempre un amor fortalecido en medio de la adversidad.
 
Aquello que profetizó Pushkin a la joven María, se cumplió a través de un poema del autor Nikolay Nekrassof, titulado "Mujeres rusas", en el que hace hablar a María con su padre, poniendo en su boca estas palabras que describen a la perfección los sentimientos de la noble esposa:
 
"No sabes, padre, cuánto lo quiero.
Al principio, oí ansiosamente los relatos de su valor en la batalla, y con toda mi alma amé al héroe que hay en él.
Luego quise al padre de mi hijo.
Pero el último y mejor amor que mi alma puede dar, lo di en la prisión.
Después lo perdí, como a otro Cristo, vestido con las ropas de un convicto.
Ahora brilla eternamente ante los ojos de mi alma con una pacífica grandeza.
Una corona de espinas ciñe su frente, un amor no terreno enciende sus ojos.
Padre, debo verlo de nuevo; moriré de anhelo por él.
Tú y tu deber siempre lo han arrostrado todo y nos has enseñado a hacer siempre lo mismo.
Enviaste a tus propios hijos a la batalla en los lugares considerados más peligrosos.
No puedes verdaderamente condenar lo que hago, pues, al hacerlo, sólo soy tu hija".
("Mujeres rusas" - Nikolay Nekrassof)

  
Decía León Tolstói:"Sólo las personas que son capaces de amar con fuerza, pueden también sufrir grandes dolores, pues, esa misma necesidad de amar es lo que les permite contrarrestar ese dolor y así sanar". De la misma manera, sólo el verdadero amor fundamentado en Nuestro Señor Jesucristo es capaz de enfrentar los mayores obstáculos, siendo fuente de felicidad aun en medio de la mayor dificultad.