martes, 12 de diciembre de 2017

LA IMPORTANCIA DEL AGUA BENDITA

He tenido la dicha de leer el libro titulado "Agua Bendita y su significación para los católicos", escrito por el Reverendo Henry Theiler en 1909, y que ha sido reeditado por Sophia Institute Press hace tan sólo unos meses
 
 
 
Su texto tiene el encanto propio de los libros piadosos de épocas pasadas y admito que su lectura ha sido muy reveladora en cuando al origen y propiedades de este importante sacramental usado en la Iglesia Católica, todo ello detallado por el autor a través de sus páginas, como paso a exponer.

Ante todo, es necesario establecer la distinción entre sacramento y sacramental:

- Los sacramentos fueron instituidos por Nuestro Señor Jesucristo; producen efecto por su propia virtud; siendo válidamente recibidos, confieren la gracia particular que Cristo concedió a cada uno; son necesarios para la salvación.

- Los sacramentales son instituidos por la Iglesia, ejerciendo la autoridad que Cristo le otorgó. Producen efecto por la devoción de quien los recibe; nos alcanzan gracias actuales; no son necesarios para la salvación.
 
Nadie duda de la importancia del agua; sin ella no hay vida posible, lo que la convierte en el más importante de los elementos creados..."El espíritu de Dios se cernía sobre las aguas" (Gen 1,2), de esta forma el Todopoderoso las bendecía y las preparaba para que pudieran adaptarse a su función en el proyecto de la Creación. En la naturaleza, cada criatura viviente precisa del agua para subsistir, de la misma manera que los manantiales y los ríos la transportan, conduciéndola a los campos a modo de bendición. El agua es para el terreno el equivalente a la sangre para el cuerpo humano. De la misma forma que la sangre circula desde el corazón por todo el cuerpo y retorna, el agua parte de lagos y ríos alimentando los suelos sedientos a través de la lluvia, para retornar de nuevo a sus fuentes.
 
El agua bendita actúa de la misma manera en el terreno de la gracia; utilizada con fe y devoción, nos purifica a los fieles cristianos de los pecados veniales. De hecho, el uso del agua como elemento purificador se daba ya en los pueblos de la antigüedad. Romanos, griegos, etc. la utilizaban como forma de purificación y protección frente a plagas, rociando a las personas, a las casas y a los campos. Por su parte, los judíos hacían uso de la denominada "agua de expiación" con la que no sólo quedaban purificados sino que era símbolo de conversión. El agua utilizada por los paganos es una prefiguración del agua de expiación usada por los judíos y también del agua bendita de los católicos.
 
Para nosotros, el agua está revestida de gran significado, tal como aparece en el Antiguo Testamento. Por su parte, el Nuevo Testamento está repleto de menciones al agua, siendo protagonista del primer milagro realizado por Nuestro Señor, al convertir el agua en vino en Caná de Galilea. Pensemos también en Su bautismo en el Río Jordán; en Su manifestación a la samaritana junto al pozo de Jacob, invitando a los sedientos a tomar Su agua; en su caminar sobre las aguas del Mar de Galilea; en el lavatorio de los pies a Sus discípulos, o en la mención del agua como condición necesaria para la salvación: "En verdad te digo: el que no nazca  de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios" (Juan 3,5).
 
El agua bendita consiste en una mezcla de agua y sal bendecidas, siguiendo el ejemplo del profeta Eliseo, quien tomó sal y la arrojó a las insalubres aguas de Jericó, quedando saneadas. El sacerdote hace la señal de la cruz y pronuncia una oración de bendición de la sal, seguida de una oración de bendición del agua, para proceder finalmente a la mezcla de ambas, con el rezo de otra oración. Es de estas oraciones, de las cuales podemos obtener gracia para cuerpo y alma.

En cuanto a su utilización, ya en los primeros siglos de la era cristiana hay mención de un agua bendita efectiva en la protección de la salud, la curación de enfermos y la protección frente a demonios. Las oraciones recitadas por el sacerdote para la bendición del agua son localizadas ya en la obra escrita por el Papa San Gregorio Magno (540-604).

El uso del agua bendita tiene importantes efectos:
 
  • Produce la remisión del pecado venial y de la pena temporal debida por el mismo, todo ello en proporción al nivel de contrición,y al mayor o menor grado de ardor en el amor a Dios por parte de la persona que la utiliza
  • Aleja al demonio y nos ayuda a resistir las tentaciones.
  • Nos obtiene beneficios corporales y temporales.
  • Nos proporciona efectos santificadores, es decir, las gracias reales que podemos obtener: iluminaciones del intelecto e inspiraciones del Espíritu Santo, que ayudan al fiel a actuar con lealtad a sus deberes de estado, a orar con devoción, a escuchar un sermón con provecho y a asistir con recogimiento y devoción a la Santa Misa.
Si deseamos obtener todos esos efectos positivos a través del uso del agua bendita, debemos corresponder estando en estado de gracia, teniendo una fe firme y una sumisión total a Cristo y a Su Iglesia. Esto no implica que vayamos a obtener con toda seguridad el efecto concreto que deseemos, pero no cabe duda de que obtendremos otra gracia tanto o más importante.  Mucho más importantes que los beneficios corporales, son los beneficios espirituales, pues el espíritu es superior al cuerpo. Este hecho se debe a que los sacramentales operan principalmente a través de la intercesión de la Iglesia. Cuando la Iglesia ora, es Cristo quien ora con ella, por esta razón la oración de la Iglesia es tan poderosa. Esta es la manera en que podemos obtener grandes beneficios del uso del agua bendita.
 
La utilización del agua bendita en forma solemne por parte de la Iglesia tiene lugar en el rito de aspersión al comienzo de la misa dominical. El sacerdote se rocía a sí mismo, rocía el altar, y recorre la iglesia para la aspersión de los fieles, pues estos son los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, siendo el sacerdote el mediador entre Cristo y el pueblo. Una vez rociados de agua bendita, nos hemos purificado para asistir a la celebración de la Santa Misa. Este rito tienen un significado si cabe más especial en el tiempo pascual, dirigiendo nuestro pensamiento al agua bautismal y al agua que fluyó del costado de Nuestro Divino Redentor. El sacerdote emplea el agua bendita en la bendición de objetos piadosos, de personas y enfermos, y en los funerales, rociando el cuerpo del difunto y el féretro. El agua bendita, junto a la oración pronunciada, constituye un alivio para los sufrimientos de las almas de purgatorio. Supone una valiosa ayuda al alma del difunto con su consiguiente beneficio espiritual, ya que el cuerpo es templo del Espíritu Santo, sede de un alma inmortal que se unirán de nuevo en el último día. Los fieles podemos tomar agua bendita de las benditeras, al entrar en el templo, como forma de purificación ante la presencia de Dios y también al abandonar el templo, orando para tener buenos pensamientos y fortalecer nuestras buenas resoluciones.
 
Es muy recomendable que todos los fieles tengamos agua bendita en nuestros hogares, usándola para preservarnos de los peligros que amenazan a nuestros cuerpos, y especialmente a nuestras almas.
  • Al ir a dormir, el piadoso cristiano tomará agua bendita para hacer la Señal de la Cruz, limpiando su alma de cualquier pecado venial cometido durante el día y como protección durante la noche ante posibles ataques del maligno. No olvidemos que el demonio nunca descansa.
  • Rociar a los enfermos como forma de aliviar su enfermedad, así como rociar los remedios médicos que van a ser utilizados. Se aconseja rociar muy especialmente a la persona cuando la muerte se aproxima.
  • Rociar nuestros hogares y campos para preservarlos de toda influencia dañina.
Cierto que, desde que el Rvdo. Henry Theiler escribió este útil libro, la sociedad y sus circunstancias han evolucionado mucho, lo cual supone un incremento de las situaciones en que el uso del agua bendita es altamente recomendable: bendecir el lugar de trabajo, el vehículo que utilicemos para nuestros desplazamientos, y también a nuestros animales de compañía, ayudando a preservarlos de todo mal.
 
Una vez expuesto el significado del agua bendita es necesario insistir en la necesidad de evitar el pecado, evitar las ocasiones que nos puedan conducir a él, guardar y cumplir fielmente los Mandamientos de la Ley de Dios, recibir con frecuencia los sacramentos y llevar una piadosa vida cristiana. El agua bendita es un elemento muy preciado para impulsar nuestro bienestar temporal y espiritual, lo cual debe animarnos a su uso, teniendo siempre presente que Nuestro Señor Jesucristo, derramando Su preciosa sangre, mereció las gracias de las cuales podemos participar a través de este significativo sacramental.


Foto: María Luz
 
Tomando agua bendita y haciendo la Señal de la Cruz, digamos:
 
"Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo".
 
"Por Vuestra Preciosísima Sangre y a través de este agua bendita,
limpiadme, ¡oh Señor!, de mis pecados".
 
"Dulce Corazón de Jesús, concededme que yo os ame, cada día, más y más".
 
"Dulce Corazón de María, sed la salvación mía".
 
"Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía".
 
"Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía".
 
"Jesús, José y María, expire en vuestra paz el alma mía".
 
Amén.
 

viernes, 8 de diciembre de 2017

EL MILAGRO DE EMPEL

En este 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción, quiero traer a mi blog un hecho histórico que tuvo lugar entre los días 7 y 8 de diciembre de 1585 en los territorios de los Países Bajos, y que constituye el motivo por el cual, la Inmaculada Concepción es fiesta nacional en España, así cómo patrona de la Infantería Española.
 
"La Virgen de Empel"
(Augusto Ferrer-Dalmau)
 
Carlos I de España y V de Alemania había decidido abdicar en su hijo, convertido en nuestro rey Felipe II, recibiendo entre sus posesiones, los territorios de los Países Bajos, cuyos habitantes no vieron con muy buenos ojos el cambio de monarca. Este hecho, junto a motivos económicos y religiosos, dieron lugar a la rebelión de parte de aquel territorio contra el soberano en 1568, siendo Margarita de Parma gobernadora de aquellos territorios, que desembocó en la conocida como Guerra de los Ochenta Años o guerra de Flandes, y que finalizó en 1648 con el reconocimiento de la independencia de las siete Provincias Unidas, conocidas hoy como Países Bajos.
 
Nuestro monarca decidió enviar a su ejército para hacer frente a la rebelión, comandado por su sobrino, Alejandro Farnesio, al frente de los Tercios. La rebelión no resultaba fácil de sofocar, y en determinados enclaves se necesitaban refuerzos, como en la región de Brabante, a la cual se dirigió uno de sus subordinados, Carlos de Mansfeld, junto a tres Tercios. Uno de estos estaba comandado por Francisco Arias de Bobadilla, y se componía de unos cinco mil hombres. En su camino a aquella región, llegaron a la isla de Bommel, ubicada entre los ríos Mosa y Wall, donde el Tercio de Bobadilla se posicionó para defender el enclave, mientras que el resto del ejército se dirigía a tomar posiciones en otras ciudades.
 
Lo que a primera vista parecía un territorio sin dificultad, pronto se convirtió en una verdadera encerrona para la soldadesca pues el enemigo no tardó en llegar al lugar, en concreto, una flota de diez navíos al mando de Felipe de Hohenlohe-Neuenstein. Una vez desembarcados, el jefe enemigo propuso a los españoles la ocasión de una rendición honrosa, que obtuvo como respuesta española la siguiente: "Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos". Ante tal respuesta, tomaron los diques que contenían las aguas de los ríos, con intención de que los españoles muriesen ahogados. Ante este hecho, los españoles no tuvieron otra salida que dirigirse a la parte más alta de la isla, zona en la que se ubicaba el pueblo de Empel y donde establecieron su defensa. Bloqueada la isla por completo por la escuadra enemiga, los españoles tuvieron que soportar continuamente el fuego enemigo, lo cual unido al frío, a la escasez de víveres y a la suciedad en la que se encontraban, hizo que su moral decayera y esperaran la muerte de un momento a otro.
 
Grabado de la batalla de Empel.
(Frans Hogenberg)
 
Pero Bobadilla no se rendía fácilmente, y a la vez que inflamaba el ánimo de sus hombres, los instaba a resistir a toda costa, procediendo a la fortificación de los edificios y alejando al enemigo con fuego de artillería. Fue entonces, en el día 7 de diciembre de 1585, cuando un soldado, cavando una trinchera, encontró un objeto de madera: se trataba de una tabla flamenca con la imagen de la Inmaculada Concepción. El soldado la tomó en sus manos y se dirigió corriendo ante el comandante Bobadilla para mostrársela. Bobadilla, viendo el estado en que se encontraban sus hombres, muertos de frío, de hambre y sin esperanzas de sobrevivir, aprovechó el momento para infundir ánimos en la tropa. Ese hallazgo fue tomado con una señal del cielo que les animaba a resistir, teniendo la seguridad de que serían asistidos hasta alcanzar la victoria final. A partir de ese momento, lucharían encomendándose a Nuestra Señora.
 
"El milagro de Empel"
(Augusto Ferrer-Dalmau)
 
La imagen de la Virgen fue tratada con auténtica veneración. El sacerdote del Tercio, Fray García de Santisteban, les instó a rezar la Salve, sintiendo todos ellos un consuelo inmediato que les hizo olvidar las penurias que estaban sufriendo. Todos los soldados se postraban ante Ella, la llevaban en procesión, colocaban sus banderas junto a la imagen, y caída la noche oraban a Nuestra Señora, conscientes de que sólo Ella podría socorrerlos.
 
Y así fue como, en esa noche del 7 al 8 de diciembre, ocurrió algo inesperado. Un viento terriblemente gélido comenzó a soplar desde el norte haciendo que la temperatura descendiera vertiginosamente y que las aguas del río Mosa se congelaran, lo que forzó al enemigo a retroceder para evitar que sus barcos quedaran encallados. Una vez liberados de los navíos enemigos, los españoles tenían vía libre para atacar el campamento contrario, lo cual no fue necesario pues el enemigo no tuvo más remedio que huir. La victoria española fue tan clara y rotunda, que el almirante Hohenlohe-Neuenstein sólo pudo decir: "Tal parece que Dios es español al obrar tan grande milagro".
 
Ciertamente, los españoles fueron salvados por un verdadero milagro, que motivó que la Inmaculada Concepción se convirtiera en Patrona de nuestros Tercios. Su devoción se extendió tanto en España, que el propio rey Carlos III, en 1761, consagró España a la Inmaculada, tomándola como Patrona y Protectora, y creando en Su honor la Real y Distinguida Orden de Carlos III. Esa intensa devoción, junto a otros factores, fue determinante para que el Papa Pío IX proclamará, el 8 de diciembre de 1854, el Dogma de la Inmaculada Concepción de María, a través de la Bula Ineffabilis Deus. Como reconocimiento al papel decisivo de España en la proclamación del Dogma, los sacerdotes españoles tienen el privilegio de vestir casulla azul en su fiesta. Más tarde, en 1892, fue designada Patrona de la Infantería del Ejército español, por Real Orden de la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena.
 
En memoria de aquel inolvidable milagro, toda España festeja hoy a Nuestra Madre, la Inmaculada Concepción, como nuestra Patrona, a quien dirigimos nuestras plegarias y honramos con este hermoso himno, pidiendo continúe protegiéndonos con Su maternal cuidado y extendiendo Su manto sobre nuestra querida nación.
 
 
 
Patrona augusta de España, purísima Concepción,  
escucha nuestras súplicas, protege a tu nación.
 
Un apóstol quiso a España bautizar
y la Virgen fue madrina en el Pilar.
Desde entonces con materno corazón,
vela siempre por la ibérica nación.
 
La morisma, cual torrente sin vallar,
nuestra patria y religión quiso arrollar;
y aquel día aciago Covadonga fue
el supremo baluarte de la fe.
 
Patrona augusta de España, purísima Concepción,
escucha nuestras súplicas, protege a tu nación.
 
Pilar de nuestra fe, clave de nuestra historia,
prenda de nuestra gloria y bienestar,
por ti, por ti esperamos siempre, siempre triunfar,
siempre vivir en paz.
 


lunes, 27 de noviembre de 2017

CUANDO EL AMOR HACE FRENTE AL DOLOR: FERNANDO Y SOFÍA, DUQUES DE ALENÇON

Durante la lectura del libro "Son tres los que se casan", escrito por el Arzobispo Fulton J. Sheen, tuve ocasión de  navegar por ciertas historias que el autor quiso destacar como ejemplos de amor capaces de enfrentar todo tipo de pruebas. Algunas me resultaban familiares, puesto que conocía a sus personajes por lecturas del pasado, otras me resultaron novedosas y llamativas por la fortaleza de sus protagonistas. En todo caso, me parecen historias que merecen ser desarrolladas, pues no hay mejor referencia y ejemplo que la vida misma.
 
La primera de esas historias había llegado a mi conocimiento leyendo sobre la vida de la emperatriz Elisabeth de Austria-Hungría, más conocida como Sissi. Fue entonces cuando descubrí la difícil historia de su hermana pequeña, la duquesa Sofía Carlota, novena hija de Maximiliano y Ludovica, duques en Baviera.
 
Nacida como todos sus hermanos en el palacio familiar de Possenhofen, Sofía fue desde siempre una niña sensible y apasionada, a quien la música y la religión fascinaban por encima de cualquier otra cosa, hasta el punto que  muchos en su entorno pensaban que acabaría ingresando en un convento para abrazar la vida religiosa. Uno tras otro, rechazaba a sus numerosos pretendientes para desesperación de su madre. Destacando en ella uno de los rasgos propios de la dinastía familiar de los Wittelsbach, Sofía buscaba siempre el más alto ideal, lo absoluto, lo incomparable...Convertida en una bella joven, entabla una relación más profunda con quien había sido su compañero de juegos, su primo el Rey Luis II de Baviera, que compartía con ella su carácter idealista.
 
Duquesa Sofía Carlota
 
Luis de Baviera mostraba como nadie ese carácter peculiar de la dinastía que le hizo ser conocido como el rey loco. Desde su más tierna infancia hizo gala de su sensibilidad, su tendencia al ensueño y a la melancolía. Gran amante de la soledad, sus mayores aficiones eran la Historia, la literatura y la música; todas estas materias alimentaban su rica vida interior con la que trataba de evadirse del decepcionante mundo exterior.
 
Luis II de Baviera
 
Luis y Sofía fueron descubriendo su mutua compenetración, iniciando una intensa relación epistolar que hizo que Ludovica, madre de Sofía, exigiese la formalización de la relación, ante lo cual, Luis, siempre reacio a perder su independencia, no se mostró decidido, finalizando el contacto entre ambos jóvenes por imposición de Ludovica. Ambos se sintieron desdichados por la separación, lo cual motivó la declaración de amor del monarca y la formalización del compromiso matrimonial. Finalmente, de nuevo los miedos y la indecisión de Luis, junto al descubrimiento de un intercambio epistolar de Sofía con un fotógrafo de la Corte, dieron como resultado que el compromiso se rompiera definitivamente. Tras la inicial impresión, Sofía sobrellevó la situación con gran dignidad. Pronto la Providencia y, por qué no decirlo, el empeño de su madre y de sus tías, pondrán en el camino de Sofía una nueva ilusión con nombre de varón, pero no adelantemos acontecimientos, y descubramos los rasgos de quien se convertiría en el hombre de la vida de nuestra protagonista.
 
Fernando Felipe de Orleáns, duque de Alençon, fue el hombre adecuado para comprender a la frágil Sofía, pues las numerosas pruebas que el joven había tenido que afrontar en su corta vida le habían dotado de una sensibilidad especial. Con cuatro años de edad, tuvo que huir de París con su familia, al estallar la Revolución de 1848, e instalarse en Inglaterra en la residencia de su abuelo, el derrocado rey Luis Felipe I de Francia. Allí se educó y vivió una infancia triste y austera. Quedó huérfano de madre siendo niño, y su padre se mostraba siempre distante y severo, lo que no impidió que el niño se sintiera próximo a él, respetándole y admirándole. Todo el amor y tierno afecto los recibió de su abuela, la reina María Amalia.
 
Fernando Felipe María de Orleáns, duque de Alençon
 
Realizó su formación militar en Segovia, alistándose como oficial del ejército español. Enviado a Filipinas para reprimir una insurrección, su valentía le hizo alcanzar el grado de capitán, pero tras el derrocamiento de la reina Isabel II de España, fue obligado a dejar el ejército. Los acontecimientos siempre se desarrollan por una razón; una vez más la Providencia estaba a punto de suscitar un suceso importante en la vida de nuestro protagonista.
 
Fue en Dresde, capital de Sajonia (Alemania), donde Fernando y Sofía se conocieron, obedeciendo a una invitación de la reina de Sajonia. Conocerse ambos jóvenes y descubrir inmediatamente su afinidad fue cuestión de instantes. Ambos disfrutaron de aquellos días, paseando, conversando, entendiéndose a las mil maravillas. En tan sólo una semana se formalizó el compromiso entre ambos..."Con la protección de Dios, tras haber invocado Su inspiración, uno y otro hemos decidido...". El joven enamorado hablaba así de su prometida en una carta a su padre:"Sofía es piadosa, sencilla, amable, encantadora e inteligente. Aspira a una vida tranquila y serena, aunque sea de natural alegre; será para usted, padre, una hija tierna y respetuosa, y para mí, una esposa como siempre había deseado".
 
Fernando y Sofía, duques de Alençon
 
El 28 de septiembre de 1868, la pareja contrajo matrimonio en el palacio bávaro de Possenhofen, y nuestra Sofía se convertía en duquesa de Alençon. La joven pareja inició su vida matrimonial en Inglaterra, en la residencia familiar de los Orleáns, y transcurridos dos meses desde su boda, una nueva vida comenzaba ya a crecer en el seno de Sofía. Nuestros protagonistas son felices, sin embargo, la naturaleza nerviosa de Sofía comienza a hundirla en la melancolía y la depresión. Ni siquiera el nacimiento de su primera hija, la princesita Luisa, logra levantar su ánimo. Su salud se debilita de forma alarmante, lo cual motiva que su joven esposo decida que un cambio de aires le sentará bien, iniciando un periplo a través de Sicilia, Roma, Baviera, para terminar instalándose en París tras quedar suprimidas las leyes de exilio que afectaban a los Orleáns. Padres de Luisa y Manuel, los duques de Alençon disfrutan de una vida idílica, entre la estabilidad de su hogar y las fiestas, en las que siempre destacan por su buena relación y la belleza de sus maneras. Pero no todo es de color de rosa, pues las notas enfermizas características de los Wittelsbach,  hacen que Sofía se sienta inmersa en medio de la agitación, la irritación y una extrema sensibilidad. Junto a estos rasgos, hay en ella una permanente lucha por alcanzar lo espiritual en su forma más sublime; cuando Sofía habla de los bailes y la cenas mundanas, utiliza esta frase: " Se regresa con polvo en el alma".
 
Ansiosa de marcar distancia con la mundanidad, Sofía comienza a vestirse más modestamente, hace ayunos y trata de huir de los honores propios de su rango. Animada por su esposo, y como muestra de su fe, Sofía ingresa en la Orden Tercera de Santo Domingo, que agrupa a laicos que llevan una vida muy piadosa. A partir de ese momento, Sofía encontrará un sentido a su existencia, ayudando a los más débiles y desprotegidos. Su sensibilidad y su sentido de la caridad son tales que todo gesto de bondad lo realiza con una total discreción. Cuando todo parece ir mejor en el estado anímico de nuestra protagonista, tiene lugar un suceso que dejará una huella imborrable en ella: el cuerpo del rey Luis II de Baviera es hallado en las aguas del lago Starnberg, junto al de su médico. Conocer la muerte de su primo y antiguo prometido, supuso una sacudida emocional insuperable para Sofía, hasta tal punto que nunca más volvió a ser la misma.
 
No pudo haber otra razón que lograra explicar el radical cambio operado en Sofía, que siendo una venerable terciaria dominica, se lanzó a una relación adúltera con un médico casado y padre de familia, el doctor Glaser, llegando a pensar en abandonar a su esposo Fernando y a sus dos hijos, sin que nadie fuese capaz de hacerla entrar en razón.
 
Ante semejante situación, es comprensible el disgusto ocasionado entre sus parientes, y muchos pensarían que su esposo Fernando se sentiría terriblemente ultrajado...Sin embargo, el buen Fernando se comportó como un verdadero santo, respondiendo al odio de su esposa, con la ternura, bondad y dulzura propias de su personalidad. Este hecho hace brillar a Fernando como un verdadero diamante, mucho más si consideramos que la relación adúltera de Sofía no pudo mantenerse en secreto, y ambos amantes decidieron huir juntos, hasta que fueron descubiertos y obligados a separarse. Ningún miembro de la familia logró hacer recapacitar a Sofía, que se hundió cada vez más en la depresión, hasta el punto de terminar ingresada en una clínica psiquiátrica. Tras meses de internamiento, Sofía regresó "curada" a su hogar. La relación entre los esposos siguió reflejando la armonía que tuvo en el pasado, como si el episodio de adulterio fuese un mal sueño olvidado. La duquesa se consagró totalmente a las obras de caridad, al tiempo que apoyaba en todo a su buen esposo, al que se refería como "su ángel guardián en vida".
 
Cuando Sofía contaba con cincuenta años de edad, acudió al Bazar de Caridad de los dominicos, celebrado en París. La duquesa era una de las organizadoras del evento que se celebraba en un espacio cerrado, en el que, en un momento dado, se inició un incendio que se propagó rapidísimamente a todo el recinto. Mientras todos corrían despavoridos pensando en salvarse, Sofía sólo se preocupaba de proteger y salvar a los que estaban a su alrededor. Cuando finalmente decidió salir del recinto, el fuego era de tales proporciones que la escapatoria resultó imposible. En medio de la enloquecida multitud, el duque Fernando, que había asistido para apoyar a su esposa, nada pudo hacer para salvarla, y fue uno de los numerosos heridos en la tragedia. Al conocer la muerte de su esposa, dijo: "¡Oh Dios, por supuesto, no debo preguntarte por qué!".  Aquélla súplica que había pronunciado a raíz de su viaje a Roma, cuando vio una tumba con la inscripción: "Sofronia, puedes vivir",  tranformada por Fernando y aplicada a su esposa como: "Sofía, puedes vivir", que más tarde  convirtió en "Sofía, has de vivir", fue finalmente esta exclamación por su parte: "¡Sofía, vives!".
 
Fernando, duque de Alençon
 
Tal como expresó Fernando a su esposa en una ocasión, ella fue para él su primer y único amor: "Yo te he amado con toda la ternura de este mundo, pues te amo con amor cristiano, que es amor eterno". Esta declaración de amor la realizó el duque plenamente consciente del estado de salud de su esposa, y así lo demostró siempre en la titánica lucha que mantuvo para arrancarla de las garras de su inestabilidad mental y de sus continuas recaídas.
 
Esta historia muestra claramente que la vida no es un camino de rosas ni siquiera para las princesas, o mejor dicho, que las rosas tienen espinas, representadas en las dificultades que a todos nos llegan y en los sufrimientos que a todos nos asolan antes o después. Sofía experimentó grandes altibajos pero tuvo la fortuna de contar junto a ella con un maravilloso esposo que supo amarla, cuidarla y afrontar cualquier dificultad con la entereza, la serenidad y la dignidad de un verdadero caballero cristiano, manteniendo en todo momento su fe en Dios a través del calvario que tuvo que vivir. Tras el fallecimiento de su amada, el duque intentó tomar los hábitos religiosos pero no logró autorización para ello. Sobrevivió trece años a su querida Sofía, junto a la cual reposa en la Capilla Real de Dreux.
 
 
"Dios ha sido misericordioso: Me ha destrozado para después salvarme".
(Sofía Carlota, duquesa de Alençon).
 
FOTOS: Google.
 
 

domingo, 26 de noviembre de 2017

EN EL ANIVERSARIO DE LA REINA ISABEL LA CATÓLICA...

 ORACIÓN
Por intercesión de la Sierva de Dios.
 
Isabel La Católica
(21 de abril de 1451 - 26 de noviembre de 1504)
 
Dios, Señor y Padre nuestro,
que nos has manifestado Tu providencia
en la elección de Tu sierva Isabel
como instrumento de Tu gloria
en la dignificación cristiana del hombre,
en la exaltación de la fe
y su extensión al Nuevo Mundo.
 
Te damos gracias por este don sobrenatural
de sus virtudes y de su ejemplo permanente
desde las cimas del gobierno de los pueblos
para la redención y la salvación de todos.
 
Te rogamos te dignes perpetuar su intercesión
en el cielo para continuar su obra comenzada en la tierra;
y para obtener ahora las gracias especiales y favores
que por su medio te pedimos,
en unión con Cristo Nuestro Señor y Mediador,
que contigo y el Espíritu Santo vive y reina
y es Dios por todos los siglos.
Amén.
 
 "Viendo que ella murió tan santa y católicamente como vivió, de que es de esperar que Nuestro Señor la tiene en Su gloria, que para ella es mejor y más perpetuo reyno que los que acá tenía".
(Rey Fernando El Católico sobre su esposa en carta al condestable de Castilla,
tras la muerte de la reina, el 26 de noviembre de 1504)
 

domingo, 12 de noviembre de 2017

FIESTA DE SANTA MARÍA LA REAL DE LA ALMUDENA 2017

Esta pobre esclava de María, que aquí escribe, se siente extraordinariamente feliz y agradecida tras haber participado, el pasado día 9 de noviembre, en la festividad de Nuestra Señora de la Almudena, patrona de la villa de Madrid. El motivo radica en la alegría que siempre supone festejar a Nuestra Madre, pero debo reconocer que fue una jornada doblemente especial para mí, pues es la primera vez en que he tenido oportunidad de asistir a la celebración de la Santa Misa en la Plaza Mayor y a la posterior procesión, todo ello en calidad de humilde Esclava de Nuestra Señora, como Terciaria de los Heraldos del Evangelio y en la grata compañía de los integrantes de mi familia espiritual.

Cuando no era seguro que pudiera asistir, Nuestra Señora me hizo el regalo de poder estar presente en Su fiesta, obsequiándonos a todos los presentes con una mañana fría en temperatura pero intensamente soleada en el cielo madrileño y calurosa en los corazones de todos sus fieles devotos.

 
Entrando en la Plaza Mayor, mientras caminaba sobre sus adoquinado, elevé la mirada y pude contemplar la entrada  de Nuestra Señora, momento aprovechado para dirigirle mi plegaria desde lo más hondo de mi corazón. Antes del inicio de la Santa Misa, nos unimos todos en oración con esa bella plegaria escrita por San Bernardo, en la que se nos invita a contemplar a María y a recurrir a Ella en todas nuestras necesidades, con la seguridad de que seremos bien atendidos.

 
 
 
 
 

 
 
 
Junto al cardenal arzobispo de Madrid concelebraron el arzobispo emérito de Madrid, cardenal Antonio María Rouco Varela; el nuncio de Su Santidad en España, monseñor Renzo Fratini; el arzobispo castrense, monseñor Juan del Río; el obispo auxiliar de Madrid, monseñor Juan Antonio Martínez Camino; el obispo auxiliar de Getafe, monseñor José Rico Pavés; los vicarios generales de Madrid, Getafe y Alcalá; vicarios episcopales y numerosos presbíteros.

 
Su Eminencia el Cardenal Carlos Osoro, en sus primeras palabras, recordó el hecho histórico del descubrimiento de la imagen de Nuestra Patrona en la muralla de Madrid, cuando corría el año 1085, durante la conquista de la ciudad por el rey Alfonso VI,  hecho que "fue el hallazgo consolador y gozoso que permitió a Sus Hijos reemprender el camino de su futuro, libres para creer en Jesucristo". Tras la primera lectura, escuchamos un cántico tomado del Libro de Judit: "Tú eres el orgullo de nuestra raza", aplicado a la Santísima Virgen.

 
 
 
 
 
Una vez proclamado el Santo Evangelio, el Cardenal Osoro pronunció una bella homilía reiterando lo mencionado en el anterior cántico: "Santa María, Madre de Dios, es verdad, Tú eres el orgullo de nuestra humanidad"..."Todos los hombres, de cualquier raza y cultura y en cualquier lugar, saben que Jesucristo nos entregó a Su Madre como Madre nuestra. Gracias a Ella, pudimos ver el rostro de Dios que se hizo Hombre. María nos sitúa en la realidad, pero ¿qué es la realidad? Ciertamente, es mucho más que los bienes materiales, mucho más que los problemas sociales, políticos y culturales; la realidad fundante y decisiva es Dios. Excluyendo a Dios, la realidad se falsifica"..."Es un Dios con rostro humano, el Dios del amor hasta la Cruz. Es quien nos dijo que somos hijos de Dios y, por tanto, hermanos de todos los hombres"..."La Virgen María es la imagen más bella de la Iglesia, teniendo ésta una tarea trascendental: dar rostro a Dios en esta humanidad". Nuestro Cardenal nos propuso en su homilía que acojamos la propuesta que Nuestro Señor nos ha hecho a través de Ella:
  • Fijémonos en la mirada de María, mirando siempre a Dios. Es una mirada que alcanza a todos, a toda la realidad y que actúa a favor de todos.
  • Fijémonos en la mano derecha de María, que abraza los pies de Jesús. De la misma manera, abraza nuestros pies para que caminemos, para que estemos con todos los hombres, como hizo Nuestro Señor.
  • Fijemos nuestra atención el mano izquierda de María, que toca el corazón de Jesús, invitándonos a que nuestro corazón palpite junto al de Cristo, como lo hizo Ella.
"Santa María de la Almudena, danos Tu mirada, abraza nuestros pies y toca nuestro corazón. Haz que los que creemos en Tu Hijo, caminemos como Él".
 
Tras la finalización de la Santa Misa, fue tiempo de iniciar nuestro camino a través de las calles Sal, Mayor y Bailén, acompañados por los cánticos y los bailes tradicionales de la región madrileña y de otros lugares de nuestra nación, abriendo paso a Nuestra Señora, a quien esperaban con impaciencia todos los madrileños, hasta concluir nuestro recorrido en la explanada de la Catedral para esperar la llegada de Nuestra Señora.
 
 
 
 
 
 
  
 
 
 
 
 



 
 

 
 
Al aparecer en la lejanía, todos dirigimos nuestras miradas hacia Ella, contemplándola bellamente ataviada con un manto del siglo XVIII, tejido en plata, que perteneció a la Infanta Carlota Joaquina, quien fue hija del rey Carlos IV de España, reina consorte de Portugal y madre del primer emperador de Brasil, y un precioso velo del siglo XIX. Así fue como llegó Nuestra Señora sobre su carroza, acompañada por las oraciones y aplausos de todos los presentes.
 
 
 
 
 
 
 
Tras las palabras y la bendición impartida por el Cardenal Arzobispo de Madrid, todos entonamos el Himno dedicado a Nuestra Señora de la Almudena, siendo también honrada con el canto de una hermosa jota aragonesa que a todos nos llenó de alegría aun cuando algunos no seamos originarios de esa bendita tierra, y con el Himno Nacional de España, coronando así una jornada que sin duda permanecerá para siempre entre mis más gratos recuerdos.
 
¡Madre, gracias por protegernos bajo Tu manto!
 
 
Fotos:
Don Eric Fco. Salas
Archidiócesis de Madrid.
 


miércoles, 1 de noviembre de 2017

SON TRES LOS QUE SE CASAN

Debo admitir que soy una afortunada por haber tenido la dicha de criarme en un hogar junto a un padre y a una madre que formaron un matrimonio ejemplar, haciendo gala de mutuo entendimiento, amor y armonía. Cierto es que pertenecieron a una generación en la que las miserias del mundo moderno todavía no habían enraizado con la fuerza en que lo han hecho en la actualidad, no obstante, el verdadero amor no es fruto de historias románticas sino de algo mucho más profundo y verdadero.
 
Atravesando los desórdenes de la época de los años ochenta y noventa, fruto de los males de los años sesenta y setenta, mi mente percibía en el entorno social comportamientos que dejaban mucho que desear, que eran toda una muestra de falta de seriedad e irresponsabilidad y que me mostraban claramente que sería prácticamente imposible para mí, reproducir la estable vida familiar que mis padres habían forjado.
 
Como la pieza del puzzle que nunca termina de encajar, contemplaba absorta la manera en que las personas de mi generación saltaban de una historia sentimental a otra con una rapidez pasmosa, con la misma facilidad que la bola de una ruleta salta de un número a otro cuando aquella gira sin cesar. Todo había quedado claro para mí: vivíamos en un mundo en el que los sentimientos eran pisoteados y las personas eran utilizadas como meros objetos de satisfacción personal.
 
Por desgracia, esos comportamientos desordenados, fruto de la caída estrepitosa de los valores tradicionales, han crecido hasta límites que nuestros padres jamás habrían podido imaginar. Y, por si ello fuera poco, las legislaciones se han aliado en un atentado perpetuo contra la institución familiar.
 
Llegados a este punto, la lectura reciente de un libro titulado "Son tres los que se casan" ha expuesto ante mis ojos la realidad del verdadero amor entre hombre y mujer, plasmada magistralmente por su autor, el Arzobispo Fulton Sheen.
 


La figura del Arzobispo estadounidense no me era del todo ajena. Acostumbrada a navegar por diversas webs católicas, sus frases y reflexiones siempre salían a mi encuentro, impresionándome gratamente por su claridad y rotundidad. Autor de cientos de artículos y de numerosos libros, destacó también como un excelente comunicador en los medios audiovisuales de su época. Su causa de beatificación continúa abierta tras el impulso que el Papa Benedicto XVI le otorgó al aprobar el Decreto por el que se reconocen sus virtudes heroicas.
 
Muy en consonancia con sus pensamientos, sentía unas ganas inmensas de emprender la lectura de sus obras, y entre las varias que esperan a ser leídas por mí, escogí comenzar por el libro que hoy traigo a mi blog, considerado un anticipo de la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II. En el mismo, el autor hace gala de un estilo muy directo, muy profundo y de extraordinaria altura para explicar claramente los verdaderos fundamentos del auténtico, y por tanto, imperecedero amor.

En la época actual la palabra amor está completamente desvirtuada como consecuencia del egoísmo, el abuso de la libertad y la rebelión contra el Todopoderoso. Estos factores propician los deseos físicos incontrolados y la consideración de la persona como un mero instrumento de placer. "En este mundo apartado de Dios, resulta indiferente si el alma se salva o no, es más, incluso se niega que haya un alma que salvar. Se ha sustituido la relación cuerpo-alma-Dios por la tensión sexo-cuerpo, haciendo del sexo un dios". Antes de proseguir es necesario dejar sentada una idea fundamental para comprender toda la cuestión que nos ocupa: NO ES POSIBLE DAR EL CUERPO SIN DAR EL ALMA, PUES AMBOS SON INSEPARABLES. No nos engañemos, tan carente de sentido es restar importancia al sexo como reducir la persona o la relación amorosa al sexo. Cuerpo y alma son una unidad, y tan anticristiano es ser contrario al cuerpo como serlo al alma. El secreto está en el ritmo armonioso de ambos, que se concreta en el mandato divino: "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". La atracción entre dos animales es fisiológica, pero la atracción entre dos seres humanos es, además de fisiológica, psicológica y espiritual. El espíritu humano tiene sed de infinito, y ese infinito es Dios. Cuando dentro de una unión matrimonial surge la infidelidad conyugal, tiene lugar la sustitución de un infinito por una sucesión de experiencias carnales finitas, dando lugar al vacío existencial y la frustración, pues buscar a Dios en un dios falso sólo puede convertir al ser humano en un espíritu deprimido. Nadie peca contra el amor sin herirse a sí mismo. Ningún ser humano puede dar lo que sólo Dios puede conceder. Prescindir de Dios conduce al amor carnal desprovisto de responsabilidades, convertido en un deseo ateo por ser ilegítimo. Esta es la razón por la cual erotismo y ateísmo van siempre de la mano.

Debemos afirmar con rotundidad que los verdaderos matrimonios son hechos en el Cielo. En espera de que se concrete, debemos custodiar nuestra pureza, pues es un don que sólo puede darse y recibirse una vez. La pureza es mucho más que una simple integridad física: es la firme resolución de no usar jamás el poder del sexo hasta que Dios ponga en nuestras vidas al marido o mujer para cumplir Su plan. Ese poder es un don otorgado por el Todopoderoso, y por tanto, su uso debe realizarse bajo la aprobación divina, pues está dirigido a cumplir sus designios creativos. Esta es la razón por la que se asocia el matrimonio con ritos religiosos. Esta es la forma en que cuerpo y alma no toman direcciones opuestas.
"El cuerpo es noble porque Dios se hizo hombre, tomando Su Cuerpo del cuerpo de una mujer... Es noble porque por él se comunican al alma los frutos de la Redención de Cristo... Es noble porque un día resucitará de entre los muertos".

Todo amor anhela la unidad, pero ésta debe lograrse a través de un vínculo capaz de proporcionarla: ese vínculo es el espíritu. Si la carne sirve como medio para la unidad es porque está ligada con un alma en un ser viviente. Todo amor es fruto de la bondad, del conocimiento y de la unidad espiritual, que se basa en un destino común, en la ayuda mutua, compartiendo las alegrías, penas, esfuerzos y sacrificios. El verdadero amor es tan fuerte que supera todas las dificultades y se enriquece por medio del sacrificio y del olvido de sí mismo, logrando que marido y mujer adoren conjuntamente a Dios.

El amor es cosa de tres, pues Dios está colocado entre el Yo y el , impidiendo que el Yo sea un egoísta y el un instrumento de placer. Hay un lazo exterior que los atrae, haciendo que el Yo y el se convierta en Nosotros. Sin Dios, falta el tercer elemento que mantenga unida a la pareja cuando surjan los problemas inherentes a la vida misma. "El amor es trino y uno porque es un reflejo del amor de Dios en Quien hay tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo". Esa unión de marido y mujer es el símbolo de la unión de Cristo y de Su Iglesia. Ambos juntos se dan a Dios y a Sus Santos Designios. Su amor crecerá con el paso del tiempo pues aman a ese Amor que es el Autor del suyo.  
 
El marido debe amar a su esposa y ésta debe estar sometida a su marido. He aquí una idea que suele ser mal interpretada en la actualidad. La unidad de esposo y esposa no implica absorción, ni aniquilamiento, ni destrucción, sino plenitud de uno en el otro. Sometimiento no implica servidumbre, pues la relación entre ambos debe ser igual a la de Cristo y Su Iglesia: Cristo es cabeza de la Iglesia, pero no la priva de libertad. El varón es la cabeza y la mujer es el corazón; la mujer no es la sirvienta, sino la compañera del hombre. Ambos deben ir a Dios, no uno después del otro, sino juntos.
 
Frente a la actitud actual en que se da toda la importancia a la atracción física y, como mucho, a la coincidencia de ideas, siempre he pensado que enamorarse debe ser algo mucho más sublime, algo que se origine en el encuentro entre dos almas, y no tan sólo entre personas de carne y hueso. Las almas primero se enamoran, luego se unen en la mente y finalmente, tras contraer Santo Matrimonio, efectúan la unión de la carne. Este es el auténtico orden sagrado que ha saltado por los aires desde hace muchas décadas con las nefastas consecuencias que están a la vista de todos. "Seamos una carne, ya que somos un alma". "En la posición cristiana, el amor carnal es un escalón hacia el Amor Divino, un arranque automático del motor de la familia".
 
"El acto del matrimonio es meritorio si uno lo cumple, sea por virtud o por justicia, para dar el débito al cónyuge, o por virtud de la religión, para que los hijos sean procreados para el culto de Dios". Los matrimonios que niegan deliberadamente el fruto de su amor, niegan la encarnación del amor y matan el amor mismo. Se convierten en dos seres aislados: una dualidad en lugar de una trinidad. "Todo amor termina en una Encarnación, incluso el de Dios". Los seres humanos poseen el íntimo deseo de participar en lo eterno, y como no lo pueden hacer en sí mismos, lo compensan continuando la vida en otro ser. De aquí se deriva el hecho de que la maternidad sea sagrada, pues Jesús también tuvo una madre. Cuando la mujer acepta la encarnación de su amor, recibe la dulce visita del Espíritu Santo. Ella será la madre no sólo de un cuerpo, sino de un alma. La paternidad tiene su prototipo en el Padre Eterno; la maternidad lo tiene en la Virgen María, ejemplo para todas las madres. Con el nacimiento de los hijos, se produce un nuevo paso en el que marido y mujer quedan liberados de egoísmos y poseerán mayor celo en el propio sacrificio. La dedicación de los padres y la obediencia por parte de los hijos son las dos principales virtudes de un hogar. La obediencia en el hogar es una referencia fundamental, y base de la obediencia de la nación. Si el mundo pierde su respeto por la autoridad, se debe a que antes lo perdió en el hogar.
 
Cuando Dios no bendice una unión con la llegada de los hijos, ello no implica que sea un fracaso, pues también hay trinidad cuando marido y mujer consideran su amor mirando hacia Dios. Ello queda reflejado en la resignación a Su Voluntad.
 
En medio de una sociedad hedonista, los seres humanos siguen anclados en el error de buscar el placer continuo y la eterna diversión, sin aceptar que la vida está repleta de altos y bajos, de momentos felices y otros difíciles, y negando el valor del sacrificio. En el amor cristiano, la otra persona es un don de Dios por quien el otro debe sacrificarse. Los momentos difíciles y amargos son pruebas enviadas por Dios para nuestra perfección espiritual. Al convertirse en una sola carne, cada cónyuge soportará al otro como a una cruz cuando surjan los problemas entre ellos. Ello brindará una ocasión única para la santificación propia, donde uno puede redimir al otro. Muchos matrimonios fracasan por la no disposición a hacer sacrificios. Amando al otro por amor a Cristo, se logra soportar mejor los sufrimientos, y supondrá un pequeño pago de la deuda contraída con Nuestro Señor. El sufrimiento, considerado como redentor, se transforma en alegría: la persona domina al sufrimiento, no el sufrimiento a la persona.
 
Cuando dos cónyuges se topan con los problemas en su relación y se sienten decepcionados, ofrecen la excusa de la incompatibilidad de caracteres, buscando en otro matrimonio lo que les faltó en el primero ¡Grave error! Lo único que logran es reproducir una situación similar, repitiendo los mismos errores. ¿Qué se puede esperar de personas que traicionan con tanta facilidad las promesas que formularon? No les importa caer en el deshonor con tal de satisfacer su ego, sin importar el pisotear a otra alma. Personas que actúan de ese modo, lo harán igualmente en cualquier otro ámbito. Se sentirán desligados de la nación, del deber de servir a su patria. "Los traidores al hogar de hoy serán los traidores a la nación de mañana". Si no son leales a un  hogar, tampoco lo serán a una bandera.
"Habrá fortaleza mientras una nación de familias sepa renunciar a lo mío por lo nuestro. Si el hombre no quiere tolerar los inconvenientes de una casa, no tolerará las tribulaciones de una emergencia nacional. Sólo puede salvarse una nación que reconoce el sudor, el trabajo y el sacrificio como aspectos normales de la vida, y esas virtudes se aprenden en el hogar".
Quienes piensan que pueden alcanzar la felicidad cambiando de compañero olvidan que el amor viene del cielo y que sólo trabajando para el cielo podrán hallar el amor que desean. La desilusión proviene de esperar de una criatura lo que únicamente Dios puedo otorgar. En lugar de buscar un nuevo amor, la solución radica en redescubrir al compañero, venciendo el egoísmo y fortaleciendo la voluntad. La felicidad radica precisamente en el sometimiento del ego y no en su satisfacción. En el amor egoísta, las cargas de los demás impiden la propia felicidad; en el amor cristiano, las cargas son oportunidades para servir. Cierto es que, en ocasiones, se plantean problemas muy duros y de extrema gravedad, generando circunstancias en las que es aconsejable una separación de los cónyuges, pero ello nunca da derecho a contraer un nuevo matrimonio.
 
Difícilmente se puede lograr un matrimonio hermoso dejándose imbuir por todas las miserias del mundo actual. Cada persona lleva en su corazón una imagen de todo aquello que ama: un ideal. Cuando ese ideal es elevado, la imagen de lo soñado es hermosa. De la misma manera, si el ideal del amor es elevado, la imagen del mismo será maravillosa y el matrimonio será hermoso.
 
Tal vez el mundo haya girado a tal velocidad que todo lo hermoso del pasado haya desaparecido, pero una fuerza tan poderosa como la del amor es un vivo reflejo de lo divino en lo humano. Estoy segura de que nunca es tarde para recuperar una visión tradicional de la vida que tantas cosas buenas logró entre nuestros antepasados. Hombres y mujeres somos diferentes, y está bien que así sea, para poder complementarnos. Si a ello añadiésemos la recuperación de los valores auténticamente cristianos, el resultado redundaría en beneficio de toda la sociedad. "El matrimonio cristiano es una oblación doble, ofrecida en dos cálices: uno llenado con virtud, pureza e inocencia, y el otro, con una dedicación intachable de sí mismo; la consagración inmortal del hombre a una mujer que es más débil que él, que hasta ayer le era desconocida y con quien hoy se siente contento de pasar el resto de la vida. Esas dos copas deben ser llenadas hasta el borde para que la unión sea santa y pueda ser bendecida por el Cielo".  La explicación del Arzobispo Fulton Sheen es tan hermosa, que poco más se puede añadir.
 
Con mutuo amor y mutua entrega, superando juntos las dificultades de la vida, se logra un amor absolutamente profundo e imperecedero, que es "el amor que se da en un solo corazón que une dos cuerpos formando una comunidad de intereses, pensamientos y deseos". En un amor armonioso, las mentes y las voluntades están absolutamente unidas, y el amor del uno por el otro es tan inmenso, que en realidad no hay dos corazones, sino uno, al modo del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. Y como nuestro destino está en la eternidad, llegará el día en que alguno de los dos parta de este mundo terrenal. Partida y muerte son trágicas para dos personas que se aman pues no son dos corazones los que se separan, sino un corazón que se parte en dos...Pero no será una despedida para siempre, sino un "hasta pronto", con la seguridad del reencuentro definitivo.
 
 "En la eternidad, el amor hará perdurar su éxtasis eterno.
En el Cielo habrá amor porque Dios es amor".
 
Desear un amor que nunca muera,
un amor más allá de ambos,
un amor conyugal empleado el uno para el otro,
con el fin de llegar a este amor perfecto
y dichoso que es Dios.