viernes, 30 de marzo de 2018

LETANÍAS DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Foto: María Luz

Señor, ten misericordia de nosotros.
Cristo, ten misericordia de nosotros.
Señor, te misericordia de nosotros.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Dios, Padre Celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios, Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.

Sangre de Cristo, el Unigénito del Padre eterno, sálvanos.
Sangre de Cristo, Verbo de Dios encarnado, sálvanos.
Sangre de Cristo, del Nuevo y Eterno Testamento, sálvanos.
Sangre de Cristo, derramada sobre la tierra en agonía, sálvanos.
Sangre de Cristo, vertida copiosamente en la flagelación, sálvanos.
Sangre de Cristo, brotada de la coronación de espinas, sálvanos.
Sangre de Cristo, derramada en la cruz, sálvanos.
Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación, sálvanos.
Sangre de Cristo, sin la cual no hay perdón, sálvanos.
Sangre de Cristo, bebida y limpieza de las almas en la Eucaristía, sálvanos.
Sangre de Cristo, manantial de misericordia, sálvanos.
Sangre de Cristo, vencedora de los demonios, sálvanos.
Sangre de Cristo, fortaleza de los mártires, sálvanos.
Sangre de Cristo, sostén de los confesores, sálvanos.
Sangre de Cristo, que haces germinar vírgenes, sálvanos.
Sangre de Cristo, consuelo en el peligro, sálvanos.
Sangre de Cristo, alivio de los afligidos, sálvanos.
Sangre de Cristo, solaz en el llanto, sálvanos.
Sangre de Cristo, esperanza de los penitentes, sálvanos.
Sangre de Cristo, consuelo de los moribundos, sálvanos.
Sangre de Cristo, paz y ternura de los corazones, sálvanos.
Sangre de Cristo, prenda de la vida eterna, sálvanos.
Sangre de Cristo, que libras a las almas del Purgatorio, sálvanos.
Sangre de Cristo, acreedora de todo honor y gloria, sálvanos.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros.

V. Oh, Señor, nos has redimido en Tu Sangre.
R. Y nos has hecho reino de nuestro Dios.

Oremos. - Dios omnipotente y eterno, que has hecho de tu Hijo Unigénito el Redentor del mundo, y has querido ser aplacado por su Sangre, concédenos, te suplicamos, que de tal modo adoremos el precio de nuestra salvación, que por su virtud nos salvemos de los peligros de la vida presente y alcancemos el gozo de sus frutos eternamente en el Cielo. Por el mismo Señor Nuestro Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos.
Amén.

miércoles, 7 de marzo de 2018

UNA REIVINDICACIÓN FEMENINA

A pocas horas del día 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, contemplo con pena las reivindicaciones feministas que han convertido dicha fecha en la ocasión para protagonizar una protesta errónea, inmoral, vulgar e incluso obscena. Erigidas en las "defensoras" de los derechos de la mujer, las activistas del feminismo únicamente claman por aberraciones como el derecho al aborto y la igualdad absoluta con el sexo masculino. Lo único que logran las feministas es degradar cada vez más el sexo femenino y conducir a las mujeres al abismo. Desde que la precursora del feminismo contemporáneo, Simone de Beauvoir, proclamara la necesidad de que las mujeres abandonaran sus hogares para no regresar a ellos jamás, han transcurrido unas cuantas décadas. Su logro se refleja en las declaraciones de una diputada del Parlamento español, manifestando "la obligatoriedad del feminismo". No contentas con proclamar sus aberrantes pretensiones tratan de imponer la obligatoriedad del pensamiento único. La situación ha llegado a tal extremo que lo "normal" hoy en día es la feminización del hombre y la masculinización de la mujer, constituyendo una aberración de la que derivan otros muchos problemas.
El engranaje infernal de la Revolución, explicado magistralmente por el Dr. Plinio Correa de Oliveira en su obra "Revolución y Contra-Revolución", nos ha conducido a un mundo moderno en el que el movimiento feminista ha contribuido a producir la reversión de la naturaleza. En aras de la igualdad, la mujer se ve obligada a actuar en todo como si de un hombre se tratara, no sólo adoptando el pantalón como prenda estrella de su vestuario, sino también saliendo del hogar para ejercer funciones propias del hombre. No es preciso que yo enumere las consecuencias de esta revolución feminista, pues están a la vista en nuestro entorno. Tal como expresó Gilbert K. Chesterton: "El feminismo sostiene la idea absurda de que la mujer es libre si sirve a su jefe y esclava si ayuda a su marido". Vivimos en un mundo en el que se "glorifica" a la mujer independiente, moderna, agresiva e incluso libertina. Por el contrario, si la mujer se comporta con decencia, es virtuosa, y escoge permanecer en su hogar, desempeñando sus funciones de esposa y madre, se la denigra y avergüenza.
El hecho es que la sociedad actual sólo concede un derecho a la mujer: el derecho de actuar en todo como un hombre, mientras se le niega su derecho a realizar su propósito como mujer. Ni se protege su pureza, ni su dignidad, ni la auténtica femineidad. En cualquier medio de comunicación o en el ámbito de la publicidad, la mujer aparece representada como mero objeto sexual, proyectando una imagen escandalosa y poco ejemplar. Y lo que es peor, todo ello con la aprobación unánime de las mujeres modernas, que consideran que tienen derecho a vestir y a actuar como mejor les plazca.
Esta situación ha pervertido por completo el papel del hombre, que ha perdido su masculinidad, su instinto protector, su caballerosidad e incluso su instinto de lucha y superación. Mientras algunas mujeres lamentamos esas pérdidas, las defensoras del movimiento feminista las acogen con regocijo. Siento comunicarles a éstas últimas que están sosteniendo un grave error.
Sí, mujeres modernas, os han estafado, os habéis dejado embaucar por una gran mentira, y no contentas con ello, os empeñáis con ahínco en propagar tan grave error. Hombres y mujeres no somos iguales y nunca lo seremos. Por mucho que algunos se empeñen, la igualdad no existe. Todos los seres humanos somos iguales únicamente en cuanto hijos de Dios y herederos del Cielo, en todo lo demás somos desiguales. Hombres y mujeres fuimos creados diferentes para poder complementarnos. Si tratar a todos los humanos de forma igual supone una gran injusticia, mucho más cuando ese trato igualitario se aplica a hombre y mujer, pues cada uno de ellos tiene sus propias peculiaridades y necesidades diversas. Gracias a ello, hombre y mujer pueden ayudarse mutuamente en el camino al Cielo, pueden crear una familia y suplementar las deficiencias del otro. El hombre se caracteriza por su fortaleza física, resistencia, capacidad de liderazgo, mientras que la mujer equilibra esos rasgos a través de su debilidad física, su dulzura y su naturaleza maternal. A su vez, la sensibilidad y emociones femeninas encuentran su refugio en las características masculinas. Cuando un hombre actúa femeninamente, la mujer se ve compelida a actuar como hombre, alterando el comportamiento propio de su naturaleza.
Entre otras graves consecuencias, las feministas han sido las grandes culpables de que los caballeros brillen por su ausencia en nuestra sociedad. Gestos propios del pasado como ceder el paso a una mujer, sujetar una puerta a su paso, cederle un asiento, evitar que coja peso, ofrecerle el brazo para descender una escalinata o cruzar una calle, son muestras de buena educación y respeto hacia las mujeres. Por culpa de la revolución feminista, muchas mujeres sufrimos a diario el hecho de que no se respete nuestra naturaleza femenina. Aunque las defensoras del feminismo lo nieguen, lo cierto es que las mujeres somos físicamente más débiles que los hombres, razón por la cual el hombre fue creado con un especial instinto protector, desarrollando su cortesía hacia la mujer como forma de hacerla sentir segura y protegida. Es un hecho comprobado que cuando una mujer es víctima de abuso o se siente amenazada, sus cualidades femeninas se ven afectadas, reaccionando con dureza, frialdad y bloqueando su ser interno. De ahí que el deber del hombre sea el de protegerla y cuidar de forma especial sus peculiaridad femenina. La protección del hombre fortalece en ella su femineidad.
Uno de los puntos hirientes que las feministas incluyen en sus protestas es el ataque sistemático a la Iglesia Católica, considerándola culpable de restringir los derechos de la mujer. Esta afirmación constituye una gran mentira. Antes de que la Iglesia ejerciera su influencia en la sociedad, se puede afirmar que la mujer era un ser carente del derecho y de la dignidad que Dios le otorgó desde el momento de la Creación. Fue precisamente la influencia cristiana la que devolvió a la mujer su posición como compañera del hombre, a quién éste respeta y cuida precisamente por ser mujer. Es sorprendente que quienes dicen hoy defender a la mujer, quieran hacerlo convirtiéndola en una imitadora del hombre, es decir, queriéndola privar de su femineidad, como si ser mujer no fuese algo valioso y digno de respeto en sí mismo.
Las activistas del feminismo creen erróneamente que adjudicar a la mujer características propiamente femeninas equivale a considerarla un ser inferior, débil y sin personalidad. Esta es la razón por la cual atacan sin piedad la femineidad, la maternidad y las funciones de la mujer en el hogar. Una vez más se sumergen en el error. Esas funciones que las mujeres han desempeñado durante siglos, en absoluto son degradantes. Concebir a un hijo y portarlo en su seno durante nueve meses constituye un privilegio concedido por el Todopoderoso.  Permanecer en el hogar como administradoras del mismo es una función que las mujeres han desarrollado siempre con gran eficacia. Si a eso añadimos su función educando de primera mano a los hombres del mañana, comprobamos que el poder de una mujer es inmenso.
Seguro que todos y cada uno de nosotros conocemos mujeres que han sabido comportarse de forma valiente y con gran fortaleza en las más diversas circunstancias. No se trata de considerar a la mujer como un ser débil y apocado, todo lo contrario. Afirmar y reconocer las características propias de la femineidad no está reñido con rasgos como la fortaleza y la inteligencia. Muchas mujeres, a lo largo de la Historia, han demostrado su gran valía personal e incluso profesional, sin perder un ápice de su femineidad, tanto en su comportamiento como en su apariencia externa. Esto se produce simple y llanamente porque la dulzura, la delicadeza y el buen gusto no son sinónimo de debilidad.
Para comprender mejor esta idea y todo lo relativo a la verdadera femineidad, no tenemos más que tomar como referencia a la más excelsa mujer que ha existido en la historia de la Humanidad: la Santísima Virgen María. A excepción de Su Divino Hijo, ningún otro ser humano experimentó mayor dolor, pruebas y sufrimiento. Su dolor fue indescriptible cuando contempló a Su Hijo torturado y muerto en la cruz. No existen palabras suficientes para describir el inmenso dolor y la angustia que debió experimentar en aquel Viernes Santo. Es más, sus sufrimientos se sucedieron a lo largo de su vida terrenal... Imaginemos la pérdida de sus padres, la huida a Egipto para salvar la vida del Niño Jesús frente al odio de un tirano, la muerte de su querido y buen esposo convirtiéndose en viuda, y otros muchos problemas que no conocemos pero seguro tuvo que enfrentar en su vida diaria. Todas esas circunstancias podrían convertir a cualquier persona en un ser duro, frío o amargado. Sin embargo, Nuestra Señora constituye el modelo perfecto de femineidad, belleza, gracia, bondad y dulzura. Este hecho viene confirmado por todas y cada una de sus apariciones, en las que todos los videntes coinciden en describirla como la dama más hermosa, bondadosa y dulce que hayan visto jamás. Todos estos rasgos van acompañados de su extraordinaria fortaleza, como lo demuestra haber permanecido al pie de la cruz soportando lo que debió ser un tremendo cansancio físico y una terrible agonía mental.
La bondad, la dulzura, la gentileza, la ternura, la compasión no son sinónimos de debilidad sino características propias del universo femenino, que constituyen como tales el punto fuerte de una verdadera mujer. Frente a la fortaleza física del hombre, la mujer siempre ha demostrado una gran fortaleza interna en las situaciones más diversas, pero siempre acompañada de las cualidades propiamente femeninas.
Dios quiso que Nuestra Señora tuviese a su lado un excelente esposo que la protegiera y cuidara, y sin duda San José debió sentirse inmensamente feliz teniendo a su lado a una esposa con las maravillosas cualidades de su naturaleza femenina. De esta forma, ambos debieron ver enriquecida su vida terrenal.
Respetar las características propias de hombre y mujer es positivo para que cada uno de ellos pueda desarrollar sus mejores cualidades. Ser mujeres implica ser diferentes, no inferiores, sino seres únicos e insustituibles como creación especial y querida por el Todopoderoso. Ser mujer es un verdadero regalo de Dios, no un problema a erradicar o a transformar.
La modernidad y el feminismo ya han causado un enorme daño a nuestra sociedad. Es hora de contribuir a detener el avance infernal de la revolución igualitaria, recuperando los tradicionales roles de hombre y mujer. Si las mujeres potenciamos nuestras cualidades femeninas, actuando con dignidad, siendo virtuosas y siguiendo el plan que Dios diseñó para nosotras, comprobaremos la gran influencia que podemos ejercer sobre los hombres, pues ellos se sentirán motivados para ejercer el papel que Dios les otorgó como protectores y líderes. Si las mujeres se rebelan contra su propia naturaleza, usurpando el papel de los hombres, el resultado sólo puede ser el caos total y el desorden absoluto. Nadie ha explicado esta idea mejor que el Venerable Arzobispo Fulton J. Sheen:
"El nivel de una civilización se mide, en gran medida, por el nivel de sus mujeres. Cuando un hombre ama a una mujer, se ve obligado a convertirse en digno de ella. Cuanto mayores sean su virtud, sus cualidades, cuanto más devota sea ella de la verdad, la justicia, la bondad, el hombre tendrá que esforzarse más en ser digno de ella. Realmente, la historia de la civilización podría ser escrita en términos del nivel de sus mujeres".
(Venerable Arzobispo Fulton J. Sheen)
En lugar de imitar a los hombres, seamos nosotras mismas, comportémonos de acuerdo al modo en que Dios nos creó. Aprovechemos esta fecha para celebrar nuestra femineidad, agradeciendo a Dios los dones que nos ha concedido, y pidiendo a Nuestra Señora que nos comunique Sus Virtudes, transformándonos a imagen y semejanza suya.
Foto: María Luz

lunes, 5 de febrero de 2018

ESPOSAS RUSAS: CUANDO EL AMOR LO SUPERA TODO

Mirando a través de mi ventana, veo caer los copos de nieve, al tiempo que escucho la música de Tchaikovski. Mi mente viaja entonces a la lejana Rusia, rememorando una referencia del Arzobispo Fulton J. Sheen al pueblo ruso, por el cual mostraba su profunda admiración, a pesar de haber resultado tan difamado a causa de la revolución comunista. A través de mis lecturas y de lo aprendido sobre su Historia, creo que los rusos hacen gala de una nostalgia propia de su carácter, pero acompañada siempre de su confianza en el mañana. Algo así se hace patente en las historias de amor verdadero que quiero traer hoy a mi blog, en esta invernal tarde de febrero.

"Camino a Siberia" (Sergei Dmitrievich Miloradovich)
 
Comenzaré remontándome a una jornada del siglo XIII, cuando David, hijo del príncipe de Murom, Jorge Rotislavic, se encontraba disfrutando de una tarde de caza. Perseguía a una liebre a la cual no pudo alcanzar pues ésta se refugió en los brazos de una joven campesina, de nombre Eufrosina. Al contemplar la escena, el cazador desistió de su intento, y en un instante quedó marcado de modo decisivo para el resto de su vida. El joven David sufrió durante largo tiempo de una enfermedad en la piel que le provocaba úlceras por todo su cuerpo. Fue entonces cuando, Eufrosina, famosa por sus conocimientos y por su extremada bondad, se encargó de elaborar los ungüentos destinados a su tratamiento y le prodigó constantes cuidados que lograron la curación de David. Éste estaba tan impresionado con la inteligencia de la joven y la bondad de su corazón, que terminó enamorándose de ella y le prometió que la convertiría en su esposa. Una vez restablecido de su mal, David tuvo que ocupar el trono debido a la muerte de su hermano mayor. Su idea de contraer matrimonio con una joven plebeya no fue bien recibida en la corte, y con el paso del tiempo, el joven enamorado rompió su promesa de matrimonio. Fue entonces cuando volvió a enfermar, y la joven Eufrosina volvió a aplicar sus conocimientos logrando de nuevo su curación.
 
El príncipe, profundamente agradecido, se apresuró a rectificar su conducta, cumpliendo su palabra y contrayendo matrimonio con la joven. Una vez en el trono, la nobleza de Murom junto a parte de la familia principesca declararon que aquel matrimonio desigual era una ofensa para el país. David recibió un ultimátum: repudiar a su esposa o abdicar. Pero David, recordando las palabras de Nuestro Señor, respondió: "Lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe". Negándose a repudiarla, prefirió abandonar su reino. Su joven y hermosa esposa lo consolaba diciéndole: "No te aflijas, pues Dios misericordioso no nos mantendrá destronados por mucho tiempo".
 
Tuvo razón Eufrosina, pues mientras tanto, los diversos pretendientes al trono se ensarzaron en una lucha sin fin, creando tal caos que el pueblo clamó por la vuelta del joven matrimonio al trono. A partir de ahí, su reinado fue célebre por su caridad, preocupándose ambos de socorrer a los más necesitados, haciendo gala de una profunda fe en Dios y defendiendo siempre la religión.
 
Un día, navegando por el río Oka, iban acompañados de un cortesano también casado, cuando éste comenzó a insinuarse deshonestamente a Eufrosina, quien supo manejar la situación diciéndole: "Toma agua de este lado del río y pruébala". El hombre obedeció su petición, ante lo cual ella le dijo: "Ahora, ve al otro lado del barco, toma allí un poco de agua y pruébala". Una vez cumplida esta segunda petición, ella le preguntó: "¿Notas alguna diferencia entre esta y aquella agua?", a lo cual el cortesano respondió: "Ninguna". Entonces la princesa le hizo la siguiente observación: "Así también es similar en esencia la mujer, y es en vano que, olvidándote de tu mujer, pienses en otra".
 
Cuando David y Eufrosina llegaron a su ancianidad, ambos emitieron votos monásticos, adoptando los nombres de Pedro y Febronia, de ahí que siempre aparezcan representados como monje y monja. Murieron el mismo día, y sus restos reposan juntos en Murom. Fueron canonizados en 1547. Son venerados como protectores de enamorados y  matrimonios.
 
Icono ruso representando a Pedro y Febronia.
 
Siguiendo nuestra ruta en el tiempo a través de la historia rusa, nos situamos ahora en el siglo XIX. El ejército imperial ruso había vencido a Napoléon en 1812. Los protagonistas de dicha victoria eran en su mayoría jóvenes oficiales aristócratas que habían luchado con gran éxito contra la invasión napoleónica, y  que junto a sus tropas, habían atravesado Europa Central hasta llegar a territorio francés. Esto les permitió contemplar una sociedad diferente a la suya, en la que el vasallaje había sido abolido y el poder monárquico estaba sujeto a límites. Aquellos jóvenes regresaron a su país soñando con realizar cambios, inspirados por las ideas liberales de las que se habían impregnado en Francia. Su sueño para Rusia iba desde la instauración de una monarquía constitucional hasta una república al estilo francés.
 
Fue así como, bajo el reinado del zar Alejandro I (1801-1825), se comenzó a gestar el movimiento revolucionario decembrista (denominado así por estallar en diciembre de 1825). A la muerte del monarca, pensando que su sucesor sería su hermano Constantino, de pensamiento liberal, decidieron realizar una rápida acción para encabezar el proyecto de las reformas soñadas por ellos. Pero Constantino había renunciado a sus derechos sucesorios al contraer matrimonio con una aristócrata polaca. Por este motivo, el sucesor fue Nicolás I, monarca de ideas autocráticas. Cuando los decembristas conocieron esta noticia, decidieron derrocar a Nicolás movilizando las tropas y ordenando a sus hombres que juraran lealtad a Constantino como zar de Rusia. Los líderes de la revuelta no habían informado a sus hombres de la renuncia al trono por parte de Constantino; esta fue la razón por la cual los soldados apoyaron la revuelta pues, de haber conocido la verdad, hubieran aceptado a Nicolás I, como buenos rusos apegados a la autoridad.
 
Tras varios intentos fallidos de dialogar con los sublevados, el zar ordenó un ataque, cuyo resultado fueron numerosas bajas, la huida de unos y la rendición de otros. De esta forma, la revuelta decembrista quedó sofocada en pocos días.
 
La represión ordenada por el zar fue muy severa, con condenas a muerte que, posteriormente, fueron conmutadas por trabajos en las minas de Siberia. Cierto que, transcurridos varios años, se aplicaron reducciones de pena, lo cual les permitió abandonar su prisión y establecerse en lugares de asentamiento decretados por la autoridad. Si bien algunos decembristas eran ricos, no disponían de dinero en su exilio, pues sus bienes habían sido confiscados, estando obligados a vivir de la tierra que se les había asignado. Unos perecieron, otros se salvaron gracias a las ayudas económicas de sus familiares.
 
Asentamiento destinado a decembristas.

Si bien este escrito no tiene la misión de juzgar las motivaciones que llevaron a esos hombres a sublevarse contra la autoridad del zar, sí me gustaría resaltar algunas  de esas historias personales. En ellas, las esposas jugaron un papel decisivo y jamás abandonaron a sus esposos en medio de la desgracia en la que habían caído, porque cuando el amor se ha fortificado en Cristo, puede superar los mayores obstáculos. Las condiciones bajo las que se les autorizó reunirse con sus maridos fueron duras: renuncia de los derechos que tuvieran por título o fortuna, restricciones para comunicarse por correspondencia  y encontrarse con sus esposos únicamente bajo autorización de autoridades específicas. Dejando atrás su privilegiada posición social, siguieron a sus maridos al exilio, mostrándose muy activas a la hora de luchar por la mejora de su situación.
 
Uno de los organizadores del movimiento decembrista fue el príncipe Sergei Trubetzkoy, que hizo carrera militar, participando en todas las batallas contra el ejército francés, y llegando a alcanzar el grado de coronel. Frente a otros decembristas partidarios de una república, el príncipe Sergei era partidario de una monarquía constitucional. Tras ser sofocada la revuelta, Sergei fue condenado a muerte, pero finalmente su pena se conmutó por trabajos en las minas de Siberia.
 
Nuestro protagonista había contraído matrimonio con la Condesa Ekaterina Laval, convertida tras su matrimonio en princesa Ekaterina Trubetskaya.

Ekaterina fue la primera esposa de un decembrista que obtuvo autorización para viajar a Siberia y acompañar a su esposo, que se encontraba cumpliendo su condena en las minas de Nerchinsk.
 
El padre de Ekaterina organizó secretamente un plan para hacerla desistir de su viaje, creando todos los obstáculos posibles para conseguir que ella se quedara junto a sus parientes. Pidió a uno de sus amigos, comandante general de una ciudad de Siberia, que se mostrase con el mayor rigor posible para desanimarla en su propósito. Por esta razón, el general en cuestión la recibió con gran frialdad y la hizo esperar durante numerosas jornadas un supuesto cambio de coches y caballos. Transcurrido el tiempo, discutió la validez de su pasaporte imperial, para finalmente amenazarla con la prisión por una supuesta desobediencia al zar. Finalmente, le habló del destino en el que se encontraba su marido, de las personas con vidas depravadas que vivían allí y de la corrupción moral a la que tendría que enfrentarse una mujer joven, tan delicadamente educada. Ekaterina no se dejó asustar por ninguna de sus amenazas, respondiendo que no le temía a la muerte porque, siendo provocada por amor, le abriría el Cielo. Añadió además que su delicadeza era más necesaria  en un lugar donde se desconocía y, en cuanto a la corrupción moral de la que se le habló, tampoco le importaba, pues Dios daba gran fuerza moral a quienes preferían ser los últimos ante los ojos del mundo.
 
Tras una discusión de varios días,  el general consintió en dejarla seguir su camino pero yendo acompañada de una banda de criminales, y haciendo parte del viaje a pie y encadenada, a lo que Ekaterina repuso: "¿Dónde está esa banda de desgraciados con quien debo reunirme y por qué no me ha dicho usted antes la verdad? Por supuesto que iré con ellos. No me importa cómo llego ni con quién, lo único que quiero es llegar". Al oír esta respuesta, el general no pudo continuar en su intento, y con el corazón partido, le confesó que no podía seguir torturándola de aquella manera y que su coche estaría listo para partir en unos minutos. Tras pedirle perdón, le dio su bendición.
 
Quienes la conocieron en el exilio manifestaron que Ekaterina era la personificación de la amabilidad, ofreciendo siempre su ayuda a otros condenados y contando con el aprecio sincero de los habitantes del lugar. En 1845, el matrimonio Trubetzkoy fue autorizado a residir en el asentamiento de Irkutsk. A pesar de las duras condiciones de vida, ella y su esposo tuvieron ocho hijos. Ekaterina falleció de cáncer en 1854. Sus restos reposan en el Monasterio Znamensky.
 
Junto a esa mujer con gran espíritu de sacrificio, brilla también el ejemplo de María (Rayevskaya) Volkonskaya , que a los dieciocho años de edad, contrajo matrimonio con el príncipe Sergei Volkonsky, oficial del ejército y varios años mayor que ella. María aprendió a amar a su esposo después de su matrimonio. Cuando él ya era General, tomó parte en la conspiración decembrista, siendo condenado por ello a trabajar en las minas de Siberia. Antes de su partida, rogó a su esposa que le olvidara, pero ella se negó y juró que se reuniría con él. Tras superar numerosas dificultades, obtuvo el permiso de partir a Siberia. Esta joven, madre ya de un niño, vendió todas sus joyas para pagar los gastos del difícil viaje, pues su padre se negó a prestarle su ayuda en tan descabellado propósito, haciendo el viaje con sus propios recursos. Nada mejor que sus propias palabras escritas para explicar el sentimiento que albergaba en su noble alma: "No puedo quedarme. Si permanezco aquí, siempre oiré la serena voz condenatoria de mi marido y en el rostro de mis amigos leeré la verdad de mi comportamiento; en sus cuchicheos veré una condena y en sus sonrisas, un reproche. Mi lugar no está en un baile, sino en una tierra lejana y salvaje donde un preso afligido y angustiado es víctima de pensamientos sombríos y sufre solo, sin ayuda. Como esposa, debo compartir su oprobio y su destierro. La voluntad del cielo nos ha unido y permaneceremos juntos. Prefiero dejar aquí a mi hijo con mi familia, que ser infiel a mi marido, pues ¿cómo habría de juzgarme un día mi hijo cuando sepa que su madre abandonó a su padre en la hora de la prueba? Si me quedo, podría tener la tentación de olvidar a mi marido. ¡Prohíbamelo Dios!".
 
María Volkosnkaya
Sergei Volkonsky
De esta forma, dejo atrás a su hijo, y partió bajo condición de que los hijos que tuviera en el exilio serían apartados de su condición noble y únicamente podrían trabajar en régimen de servidumbre, aunque posteriormente dicha amenaza no llegaría a cumplirse.
 
En su camino hacia Siberia, María se detuvo en Moscú donde su hermana ofreció un baile en su honor. Gran cantidad de invitados llenaron el palacio para ver a esta joven que abandonaba su privilegiada vida para partir al exilio. Entre ellos se encontraba el célebre poeta y novelista ruso Alexander Pushkin, quien había conocido a María siendo niño. Al verla, aparcó la conocida severidad de la que siempre hacía gala en público, y hablando a María con gran ternura y admiración, predijo que algún día los poetas rendirían homenaje a su actitud heroica.
 
Tras semanas de duro viaje, por fin llegó María a las minas donde trabajaba su marido. Gracias a la bondad de ciertas personas, se le permitió descender a la mina para sorprender allí a su esposo...Cuando, en medio de la oscuridad, lo vio venir hacia ella, se arrojó a sus pies y le besó las cadenas.
 
Los Volskonsky tuvieron tres hijos nacidos en el exilio. Tanto María como nuestra anterior protagonista, Ekaterina, volcaron su inteligencia y esmerada educación en conseguir una vida más agradable a todos los decembristas que acompañaban a sus esposos en el duro exilio siberiano. Transcurridos treinta años, el zar Alejandro II permitió a los Volkonsky y a otros decembristas su retorno de Siberia. Sergei y María pasaron el resto de sus vidas en la localidad de Voronki. Ambos mostraron siempre un amor fortalecido en medio de la adversidad.
 
Aquello que profetizó Pushkin a la joven María, se cumplió a través de un poema del autor Nikolay Nekrassof, titulado "Mujeres rusas", en el que hace hablar a María con su padre, poniendo en su boca estas palabras que describen a la perfección los sentimientos de la noble esposa:
 
"No sabes, padre, cuánto lo quiero.
Al principio, oí ansiosamente los relatos de su valor en la batalla, y con toda mi alma amé al héroe que hay en él.
Luego quise al padre de mi hijo.
Pero el último y mejor amor que mi alma puede dar, lo di en la prisión.
Después lo perdí, como a otro Cristo, vestido con las ropas de un convicto.
Ahora brilla eternamente ante los ojos de mi alma con una pacífica grandeza.
Una corona de espinas ciñe su frente, un amor no terreno enciende sus ojos.
Padre, debo verlo de nuevo; moriré de anhelo por él.
Tú y tu deber siempre lo han arrostrado todo y nos has enseñado a hacer siempre lo mismo.
Enviaste a tus propios hijos a la batalla en los lugares considerados más peligrosos.
No puedes verdaderamente condenar lo que hago, pues, al hacerlo, sólo soy tu hija".
("Mujeres rusas" - Nikolay Nekrassof)

  
Decía León Tolstói:"Sólo las personas que son capaces de amar con fuerza, pueden también sufrir grandes dolores, pues, esa misma necesidad de amar es lo que les permite contrarrestar ese dolor y así sanar". De la misma manera, sólo el verdadero amor fundamentado en Nuestro Señor Jesucristo es capaz de enfrentar los mayores obstáculos, siendo fuente de felicidad aun en medio de la mayor dificultad.
 

viernes, 5 de enero de 2018

EL NIÑO JESÚS DE PRAGA: UNA DEVOCIÓN CON ACENTO ESPAÑOL

En estos días navideños en que todos hemos vivido venerando la tierna imagen del Niño Jesús, quiero traer a este blog una de mis devociones más queridas, la del Santo Niño Jesús de Praga. Su pequeña figura se encuentra en la capital de la actual República Checa, sin embargo tiene un claro origen español, lo cual hace que nos resulte cercano a pesar de la distancia. Para empaparnos de ese especial acento español que rodea a dicha imagen, vamos a retrotraernos en el tiempo, viajando al Reino de Bohemia en pleno siglo XVI.
 
 
Bohemia, en el siglo XV, había sufrido a causa de las guerras libradas contra los husitas, protagonistas de un movimiento revolucionario reformador que más tarde se uniría a la reforma protestante de Lutero, dando lugar a revueltas y guerras en pleno siglo XVI. Fue la llegada de Fernando I de Habsburgo, hermano de Carlos I de España y V de Alemania, la que supuso una clara influencia de la esfera románico-católica en aquella tierra. Fernando, hijo de Felipe el Hermoso y de Juana I de Castilla (Juana la Loca), había nacido en Alcalá de Henares, y se había criado en la corte de sus abuelos los Reyes Católicos. Contrajo matrimonio con Ana Jagellón de Hungría y Bohemia, razón por la cual, tras la muerte del rey Luis II de Hungría sin descendencia, Fernando reclamó su derecho a ambos tronos. Fue elegido rey de Bohemia en 1526 por la nobleza del país. En 1558 se convertiría en Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
 
Fernando I de Habsburgo

Ana Jagellón de Hungría y Bohemia

Bohemia dejó de sentirse marginada por los conflictos del pasado, a verse enriquecida por grandiosas construcciones como el Palacio de Verano y los Jardines Reales que hasta el día de doy engalanan el aspecto del Castillo de Praga. La corte de Fernando I alternaba sus estancias en Praga y en Viena, apareciendo en la misma personajes españoles como Cristóbal de Castillejo, amigo de juventud del monarca, poeta famoso, que desempeñó la función de su secretario, y cuya labor fue fundamental en la entrada de la cultura española en Bohemia. Este hecho venía firmemente impulsado por ser el imperio español la mayor potencia de la época, defensora y garante de la religión católica frente al Islam y al protestantismo. Era evidente, por tanto, que el impulso católico llegara a todas las regiones situadas bajo del influjo de su poder imperial.
 
En 1556 se asentó en Bohemia la Compañía de Jesús, obra de San Ignacio de Loyola, cuya labor se vio principalmente plasmada en la educación y en las misiones.
 
Uno de los hijos del matrimonio formado por Fernando y Ana, el futuro emperador Maximiliano II viajó a España para contraer matrimonio con su prima hermana María de Austria y Portugal, hija del emperador Carlos V. Pasados muchos años, sería nuestro rey Felipe II, quien hospedaría y educaría en su corte a dos de los hijos de Maximiliano. Uno de ellos se convertiría en el emperador Rodolfo II y escogería Praga como residencia permanente.
 
Maximiliano II y su familia.
 
Rodolfo II
 
Como es de suponer, el vínculo con España seguía siendo patente, plasmándose en las intensas relaciones diplomáticas en las que participaban miembros de la nobleza de ambos países. Entre los embajadores españoles residentes en la corte imperial se encontraba Juan de Borja y Castro, hijo de San Francisco de Borja, quien cambió su papel de cortesano por el de jesuita, y cuya estatua puede verse atravesando el famoso Puente de Carlos en Praga. Otro de los embajadores españoles fue Guillén de San Clemente, que vivió y murió en Praga, y cuyos restos descansan en la Iglesia de Santo Tomás.
 
Estatua de San Francisco de Borja en el Puente de Carlos.
 
Juan de Borja y Castro.
 
Guillén de San Clemente.
 
Por su parte, también miembros de la nobleza de Bohemia fueron protagonistas de la marcada influencia española. Cabe destacar al emisario personal del emperador Maximiliano II, Vratislav de Pernstejn, barón libre de Pernstejn, que contrajo matrimonio con Doña María Manrique de Lara, hija del caballero español Don García Manrique de Lara, quien servía al emperador Carlos V en Italia. Al año siguiente de la boda, Vratislav, miembro del denominado "partido español" de Praga, se convirtió en caballero de la Orden del Toisón de Oro, que reconocía sus méritos políticos y diplomáticos. Prestó también sus servicios a la corona española como mediador entre la nobleza católica y la protestante, conservando su lealtad al rey de España hasta el momento de su muerte.
 
 


Vratislav II de Pernstejn
 
  Doña María Manrique de Lara junto a su hija Polixena

Su esposa Doña María Manrique de Lara pertenecía al séquito de la reina y emperatriz María, que siendo hermana del rey Felipe II, llevó a la corte imperial la influencia hispánica, en la cual también jugó su papel Doña María. Esta dama dio siempre muestras de su gran fervor católico, promoviendo las misiones de los jesuitas, aun cuando ella se identificaba más con la espiritualidad carmelita, coincidiendo con Santa Teresa de Jesús en su gran devoción al Niño Jesús.
 
Entre la numerosa prole nacida del matrimonio entre Vratislav y María, destacó su hija Polixena, que llegaría a casarse en 1587 con Guillermo Ursino de Rosenberg, barón de Krumlau, quien también perteneció a la orden del Toisón de Oro por su defensa de los intereses hispanófilos. Tras el fallecimiento de su esposo, contrajo segundo matrimonio en 1603 con el príncipe Sidonio de Lobkowicz, gran canciller del Reino de Bohemia, partidario también de la política hispanófila.
 
Detalle de la pequeña Polixena.
 
Guillermo de Rosenberg (Vilem de Rozmberk), primer esposo de Polixena.
 
Sidonio de Lobkowicz, primer príncipe Lobkowicz, segundo esposo de Polixena.
 
Polixena, princesa de Lobkowicz
 
En tiempos del emperador Fernando II, nieto de Fernando I de Habsburgo, en el marco de la Guerra de los Treinta Años, tuvo lugar la batalla de la Montaña Blanca (8 de noviembre de 1620), en la que los checos se enfrentaron al ejército combinado del Sacro Imperio Romano Germánico, a las tropas españolas y a las de la Liga Católica alemana. La victoria de los católicos supuso la entrada de las tropas imperiales en la capital de Bohemia y el sometimiento de los protestantes. Es necesario precisar que la princesa Polixena destacó siempre por sus grandes dotes intelectuales y de estadista, desempeñando un destacado papel a la hora de apoyar la influencia española y católica. Fue ella quien fomentó la vuelta del catolicismo a Moravia, mientras que su esposo influyó para que, al morir el emperador Matías sin descendencia, le sucediera el archiduque Fernando (Fernando II) en 1617, convirtiéndose éste, junto al príncipe Lobkowicz en instrumentos decisivos para acabar con el luteranismo en sus estados. Para conmemorar la victoria de la Montaña Blanca, Fernando II fundó en 1620 un monasterio de Carmelitas Descalzos en Praga, ofreciéndoles  la que había sido iglesia luterana de la Santísima Trinidad, a condición de que fuera consagrada a Nuestra Señora de la Victoria y a San Antonio de Padua. La reconstrucción de la iglesia fue subvencionada por los españoles que participaron en la batalla.
 
Fernando II
 
Batalla de la Montaña Blanca
 
Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria en Praga
 
Interior del templo.
 

A la izquierda, altar de Santa Teresa de Jesús.
A la derecha, altar de San Juan de la Cruz.
Ambos santos españoles supieron transmitir a la Orden Carmelitana
su gran devoción a la Divina Infancia de Jesús.
 
Tras haber realizado este recorrido a lo largo de la Historia, es hora de centrarnos en el protagonista real de este escrito: El Santo Niño Jesús de Praga. El origen de esta estatuilla está rodeado por el misterio. Algunos apuntan a que pudo pertenecer a Santa Teresa de Jesús. La leyenda afirma que la figurilla fue elaborada por un fraile de un convento situado entre Córdoba y Sevilla, de nombre Fray José de la Santa Casa, que sentía especial veneración por el Divino Infante, y que realizó la estatuilla tras habérsele aparecido el Niño Jesús. Lo cierto es que la figurita fue recibida por Doña María Manrique de Lara de manos de su madre como regalo de boda, llevándola consigo a Bohemia, quien a su vez la regaló a su hija Polixena cuando ésta contrajo matrimonio. Los religiosos carmelitas se habían visto favorecidos por la ayuda de Polixena, y cuando Praga volvió a verse asolada por la guerra en 1628, el monasterio pasó a un estado de pobreza que impresionó especialmente a la princesa, quien se presentó ante los carmelitas para ofrecerles como regalo la figurilla del Niño Jesús que tan querida era para ella, diciéndoles:
 
"Os doy lo más querido que tengo; honrad y respetad esta imagen del Niño Jesús y nada os faltará".
 
Polixena entregando a los carmelitas la imagen del Niño Jesús
 
La figura fue colocada en el oratorio del monasterio, siendo venerada por los religiosos, y muy especialmente por el Padre Cirilo. Muy pronto comenzaron a disfrutar de la ansiada prosperidad en su convento. Hasta que en 1631 los sajones invadieron Praga y los frailes se vieron obligados a trasladarse a Munich. Cuando regresaron en 1635, todo estaba asolado por la guerra. La iglesia había quedado destruida, el monasterio saqueado, y el Niño Jesús terminó en medio de los escombros con sus manos quebradas. El monasterio carecía de lo imprescindible para poder vivir. No fue hasta el regreso del Padre Cirilo en 1637 cuando se tomó conciencia de aquella figurita del Niño Jesús que todos habían venerado en el pasado. Fue el propio Padre Cirilo quien encontró la imagen en medio de los escombros, y tomándola en sus brazos con mucho amor la expuso de nuevo para ser venerada por los religiosos. Desde este momento, las tropas invasoras se retiraron y el convento comenzó poco a poco a prosperar. Un día en que el Padre Cirilo rezaba ante la imagen, escuchó con gran claridad estas palabras:
 
 "Tened piedad de mí y yo me apiadaré de vosotros. Devolvedme mis manos y yo os devolveré la paz. Cuanto más me honréis, más os bendeciré".
 
Padre Cirilo
 
El Padre Cirilo puso todo su empeño en conseguir la restauración de la estatuilla, pero el Padre Superior se negaba a ello debido a la pobreza en que todavía vivían. Habiendo conseguido una importante limosna por parte de un moribundo, el Superior siguió negándose a la restauración, prefiriendo comprar una imagen nueva. El día de su colocación, un candelabro se desprendió, cayendo sobre la imagen, que quedó reducida a pedazos. Por su parte, el Padre Superior enfermó y tuvo que cesar en su mando.
 
El nuevo Superior siguió negándose a reparar la imagen del Niño Jesús, ante lo cual, el Padre Cirilo decidió dirigirse a la Santísima Virgen solicitando su ayuda. Inmediatamente, recibió una limosna de una mujer que desapareció sin que nadie hubiera podido verla. Sin embargo, el Niño Jesús continuó sin manos.
 
Entonces el convento comenzó de nuevo a verse asolado por la desgracia tanto material como por la peste que acabó con muchas vidas. Sólo entonces el Superior se arrepintió de su actitud y prometió propagar la devoción al Santo Niño Jesús. Pero como la restauración de sus manos seguía sin realizarse, el Padre Cirilo tuvo de nuevo la alegría de escuchar las palabras del Divino Infante que le dijo:
"Colócame en la entrada de la Sacristía, y habrá quien se compadezca de mí".
 
Y así sucedió, porque no tardó en aparecer un desconocido, que percatándose de que el Niño Jesús carecía de manos, se ofreció a costear su reparación. A los pocos días, esa persona ganó un pleito que tenía pendiente pudiendo salvar su honor y su fortuna.
 
Cada vez se hacía más patente el carácter milagroso de la imagen, que siempre atendía las necesidades de sus fieles devotos. Por este motivo, los carmelitas deseaban construirle una capilla pública, cuyo lugar de ubicación le había sido indicado al Padre Cirilo por la Santísima Virgen. Sería en el año 1642 cuando la princesa Polixena costeó su edificación, inaugurándose el día de la fiesta del Santo Nombre de Jesús del año 1644. En 1651, el Superior General de los carmelitas aprobó la devoción al Santo Niño, difundiéndola los frailes entre lo fieles. El Niño Jesús recibió de manos del Conde Martinitz el regalo de una preciosa corona con perlas y diamantes, que le fue colocada en una solemne ceremonia de coronación en 1655 por el Arzobispo de Praga. Y en este mismo año, el Barón de Tallembert costeó la construcción de un magnífico altar destinado al Niño Jesús.
 
Entre los numerosos milagros atribuidos al Niño Jesús, destaca la curación la esposa de Enrique Liebsteinski, Conde de Kolowrat, en 1639. La dama ya había sido desahuciada pero recuperó la salud milagrosamente al ver ante ella la imagen del Niño Jesús, que le había sido llevada como último recurso para su curación.
 
En 1744, las tropas protestantes de Prusia cercaron Praga, momento en que se realizó una procesión con la imagen del Niño Jesús por toda la ciudad, pidiéndole la liberación de la misma. Poco tiempo después, las tropas prusianas abandonaban Praga sin que se librara ninguna batalla. Los habitantes de la ciudad no dudaron en acudir ante la imagen milagrosa para agradecerle tan gran favor.
 
La devoción al Santo Niño se extendió rápidamente, y gentes venidas de todos los lugares acudían a Praga para postrarse ante Él. Todos coincidían en afirmar que les eran concedidos los favores solicitados después de rezar una novena en honra suya, así como celebrando misas en su honor, ofreciendo limosnas en Su nombre y acercándose a los Sacramentos.
 
En 1784, el emperador José II suspendió las actividades de los carmelitas, cediendo la iglesia a la Orden de Malta. Ya en pleno siglo XX, ni la invasión nazi ni la dictadura comunista atentaron contra la venerada imagen, que siguió situada en su altar, si bien bajo el mandato comunista la libertad religiosa se vio totalmente restringida. Los carmelitas no regresarían al santuario de su querido Niño Jesús hasta el año 1993.
 
Si bien el culto al Niño Jesús dentro de la Iglesia Católica es una tradición milenaria, y sería muy largo hacer un repaso de la misma, sabemos que en la época barroca su culto adquirió especial intensidad. Las características figuras barrocas estaban siempre vestidas con trajes populares o imitando la moda de la nobleza de la época. No conservándose en Bohemia ninguna figurita medieval, el culto al Niño Jesús de Praga se vio revestido de una enorme importancia, atrayendo la devoción general. Por esta razón, comenzaron a serle realizados importantes obsequios por parte de miembros de la nobleza. Se dice que el propio emperador Fernando II rezaba ante la imagen, y la Doncella Febronia de Pernstejn legó al Niño Jesús parte de su señorío.
 
La estatuilla del Niño Jesús mide unos 47 centímetros, siendo su interior de madera recubierta de cera.Viste un largo camisón blanco y sobre éste puede lucir alguna de las numerosas vestimentas que se caracterizan por estar ricamente bordadas y adornadas. Su cuello y sus manos aparecen siempre rodeadas de encaje. Para adornar su linda cabecita cuenta con un surtido de pequeñas coronas doradas. Su mano derecha imparte la bendición mientras que su mano izquierda sostiene el globo terráqueo con cruz, símbolo de gobierno sobre el mundo.
 

 
 
La imagen está situada sobre un pilar de plata decorado con cristales, granates de Bohemia y un gran rubí en forma de corazón. Puede contemplarse en el interior de una urna de cristal, rodeado por  ángeles de plata, sobre un altar de mármol gris y rosáceo. En la parte superior aparece la imagen de Dios Padre, y en los laterales San José y la Santísima Virgen. 
 
 
 
 
Luciendo la vestimenta de reps rojo bordado en oro,
con capa de armiño (1900)
Es el traje de rey que suele lucir en ceremonias festivas y
eventos importantes, como Rey de Reyes y Señor de Señores.
 
 
 
Su vestido más antiguo data de 1700 y está realizado en terciopelo de seda.
 
Luciendo la vestimenta regalada en 1743 por la emperatriz María Teresa,
quien fue la gran mecenas del Niño Jesús.
 




 
Todos sus trajes pueden contemplarse en el Museo situado en la interior de la Iglesia. En total cuenta con unos trescientos vestidos.
 

La devoción al Niño Jesús de Praga se extendió rápidamente al resto de Europa, a América, y otros lugares lejanos como la India. Fue en este país donde el italiano Padre Leopoldo Beccaro difundió su devoción, fundando posteriormente el convento carmelitano de Arenzano, cerca de la ciudad italiana de Génova. Debido a la creciente devoción que se manifestó en este lugar de Italia, se decidió construir un espléndido santuario conocido como Santuario del Niño Jesús. Al principio se veneraba un cuadro con la imagen del Santo Niño, hasta que en 1902, la marquesa Delfina Gavotti regaló a los frailes una imagen copia de la que se encuentra en Praga. Años después, esta imagen fue coronada solemnemente por el Cardenal Merry del Val.
 
Santuario del Niño Jesús en Arenzano.

Reproducción del Niño Jesús de Praga, en el santuario de Arenzano.
 
Fue precisamente en el santuario italiano donde se instituyó la Pía Unión del Niño Jesús de Praga, por decreto  de Monseñor Eduardo Pulciano en 1903. Su finalidad consiste en promover el culto al Niño Jesús, imitando Sus virtudes y creciendo en el amor a Él. Todo aquel que lo desee puede solicitar ser inscrito en la Pía Unión (*), colocándose bajo la especial protección del Santo Niño y participando de las indulgencias plenarias que pueden obtenerse en las siguientes fechas:
  • El día de la inscripción.
  • En Navidad.
  • En la Octava de Navidad.
  • En la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.
  • En la fiesta de la Sagrada Familia.
  • En la fiesta de Nuestra Señora del Carmen.
  • En la fiesta del Niño Jesús (primer domingo del mes de junio).
Somos millones de personas en el mundo los que estamos inscritos en la Pía Unión, siendo fieles devotos del Niño Jesús. Por ello, portamos con devoción  Su medalla protectora, que integra una Cruz en la aparece grabada la imagen del Niño; de ahí procede su eficacia protectora. Lleva grabadas diversas inscripciones:
  • V.R.S (Vade retro Satanas)
  • R.S.E. (Rex sum ego)
  • A.R.T. (Adveniat  Regnum tuum)
  • Verbum caro factum est.
  • Vincit, Regnat, Imperat, Nos ab omni malo defendat.
Medalla protectora del Niño Jesús de Praga
 
Así mismo, rezamos devotamente la oración que fue revelada al Padre Cirilo por la Santísima Virgen:
 
ORACIÓN
 
Oh Niño Jesús, yo recurro a Ti
y te ruego por la intercesión de tu Santa Madre,
me asistas en esta necesidad...porque creo firmemente
que Tu Divinidad me puede socorrer.
Espero con toda confianza obtener Tu santa gracia.
Te amo con todo el corazón y con todas las fuerzas de mi alma.
Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados,
y te suplico, oh buen Jesús, me des fuerzas para triunfar.
Propongo no ofenderte y me ofrezco a Ti,
dispuesto a sufrir antes que hacerte sufrir.
De ahora en adelante, quiero servirte con toda fidelidad
y por Tu amor, ¡oh Divino Niño!
amaré a mi prójimo como a mí mismo.
Niño omnipotente, Señor Jesús,
nuevamente te suplico me asistas en esta circunstancia...
Concédeme la gracia de poseerte eternamente con María y José
y adorarte con los Ángeles en la Corte del Cielo.
Amén.
 

Seamos siempre devotos del Niño Jesús, imitemos Sus ejemplos, pongámonos bajo Su protección, pidiendo que nos preserve de todo mal y nos proteja frente a la corrupción del mundo. Tengamos presente esta linda imagen del Niño Jesús, que partió de nuestra querida patria por razón de amor, y terminó instalada en Praga, donde sigue recibiendo la visita de millones de fieles y extendiendo Su luz y especial protección al mundo entero.
 
"Santo Niño Jesús, bendícenos"
Foto: María Luz
 
FOTOS: Google y escaneadas por María Luz
 
(*) Todos aquellos que deseen inscribirse en la Pía Unión del Niño Jesús de Praga, pueden hacerlo dirigiéndose al Padre Prior del Santuario de Arenzano, a través del siguiente email: